Noto ahora que mi carta va siendo demasiado larga; y como tengo muchísimo que decir aún sobre su libro de Ud., lo dejo para otras, y termino ésta asegurando á Ud. que ha de quedar menos disgustado de lo que me queda por decir que de lo que he dicho hasta ahora. De todos modos soy su atento y seguro servidor y deseo ser su amigo.

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19 de Marzo de 1888.

II

Muy estimado señor mío: Á pesar de todo mi escepticismo, es tanto lo que me agrada y consuela eso que Ud. asegura de que tenemos un cuerpo fluido inmortal, que me inclino muchísimo á darlo por probado.

No se contenta Ud. con aducir argumentos teóricos en favor de tal aserto, sino que sostiene que la existencia de dichos cuerpos fluidos, sutiles é indivisibles (que, si Ud. me permite, seguiremos llamando almas, por ser más breve), se sabe por experiencia; esto es, que desde muy antiguo estamos en comunicación con las almas, y que no es delirio, sino realidad, la psicogogia ó nigromancia: el arte de evocar á los muertos y de traerlos á que hablen con los vivos. Las historias profanas y sagradas están llenas de casos semejantes. Saúl evoca, por medio de la Pitonisa de Endor, la sombra ó alma de Samuel; Pausanias de Bizancio, la de su querida Cleonice; y Periandro, la de su esposa Melisa. Con el andar del tiempo, parece que este arte ha adelantado mucho, y hoy se llama espiritismo.

Yo no he de negar aquí el espiritismo; pero he de apuntar ciertas dudas que me asaltan.

Esos espíritus ó cuerpos tenues, imperceptibles á nuestros sentidos, en el estado normal de éstos, ¿por qué han de ser precisamente almas humanas separadas de sus cuerpos? ¿No podrán ser otro linaje de seres? Como Ud. desecha toda religión positiva, yo me guardaré bien de suponer, ni por medio minuto, que puedan ser diablos ó ángeles; pero ¿por qué no serán duendes, ondinas, sílfides, driadas, gnomos, ó algo así? Ya que Ud. da por segura la existencia de esos cuerpos orgánicos, tenues y etéreos, debe Ud. ser consecuente y no creer que los tales cuerpos sólo se crían para envainarse en cuerpos sólidos humanos y animarlos. ¿Por qué no los ha de haber que vaguen por el aire, ó penetren en las entrañas de la tierra, ó vivan en el seno de los mares, y hasta en la luz y en el fuego, y desdeñen encerrarse en ese forro ó guardapolvo de nuestros cuerpos sólidos y visibles? Ello es que las historias están llenas también de amores, amistades y tratos de estos seres con personas de nuestra especie, que han tenido bastante perspicacia y agudeza en los ojos ó en los oídos para verlos ó para hablar con ellos.

El padre Fuente la Peña ha escrito con buen tino sobre estas relaciones de hombres y de mujeres con entes racionales no humanos, y por lo común invisibles, que viven en nuestro planeta. Y más singular y luminosamente ha tratado el asunto, en una obra eruditísima, el reverendo padre Sinistrari del Ameno. Aseguro á Ud. que son divertidísimos los verídicos amoríos que refiere este último padre de mujeres con duendes y de hombres con sílfides y salamandras. ¿Quién sabe si el precioso cuento de Carlos Nodier, del duende escocés enamorado de la joven casada, será un sucedido?

Pero, en fin, para facilitar nuestra filosofía, demos por de ningún valer las objeciones anteriores, y declaremos que los tales cuerpos fluidos, inteligentes y con conciencia, sólo se crían para informar nuestros cuerpos sólidos; y que dichos cuerpos fluidos, que son inmortales, ó están cesantes y de bureo y huelga hasta colarse en un cuerpo nuevo, ó están empaquetados, incorporados y en activo servicio.