Otra de las gracias que luciremos, una vez desprendidos ya del cuerpo sólido, será la de la compenetrabilidad. Nos meteremos por el ojo de una aguja, nos filtraremos al través de un muro, podremos celebrar un meeting de miles de personas en el hueco de una cáscara de avellana.
Nuestras conversaciones ó conferencias con los cuerpos fluidos cesantes, ó dígase con lo que vulgarmente se ha llamado hasta hoy almas de los muertos, sombras ó manes, serán más frecuentes, fáciles y luminosas. Nos instruiremos más de este modo; no nos costará fatiga ninguna la evocación, y no nos aterrará la vista del espectro del difunto, como ahora suele aterrar á los más valerosos. Sea testigo de esta verdad el ilustre Eliphax Levi, que no pudo resistir la presencia de Apolonio, á quien había evocado, y perdió la voz, y sintió un frío horrible, y no pudo hacer nada de provecho, según él mismo confiesa.
Es verdad, sin embargo, que lo terrorífico de la aparición tal vez consista en que ésta se hace por medios reprobados, apelando á la magia y valiéndose de conjuros, á los que las sombras ó manes no pueden desobedecer, pero que las traen harto enojadas y aun furiosas. Cuando la evocación es natural, cortés y lícita, las sombras ó cuerpos fluidos acuden de buen talante y de apacible humor; y hay ya bastantes hombres de mérito que han tenido así entrevistas y conferencias amenas é instructivas.
Usted cita muchos libros en que los señores que han tenido conversaciones con espíritus las han redactado y publicado. Confieso modestamente mi ignorancia: no he leído ninguno de esos libros que Ud. cita; pero deseo leerlos, porque deben de contener mucha y alta doctrina. No habían de molestarse los muertos en venir á hablar con los vivos para decir tonterías y vulgaridades. Y no las dirá de seguro ese libro, titulado Ley de amor, recogido por el doctor Chaves Aparicio, y publicado por el Círculo de estudios psicológicos de San Luis de Potosí, ya que está lleno, según Ud., de pensamientos profundos y es prueba palmaria de la inmortalidad de nuestro ser.
Siguiendo ahora por el camino de perfección que nuestro ser lleva, creo que, después de estas comunicaciones con los cuerpos fluidos ó espíritus, viene, como grado superior, el adquirir la memoria y la clara percepción de cuanto nos sucedió en las vidas pasadas, desde que empezamos á tener conciencia, tal vez desde que fuimos hombres pitecoides.
Los sujetos de mediano valer sólo tienen hasta hoy vaguísimos y confusos recuerdos de sus vidas pasadas, los cuales recuerdos dan á veces cierta luz de sí en sueños, y nos acuden y ayudan también en el estudio, ya que hay ciencias y artes que aprendemos á escape, como si antes las hubiéramos sabido, y otras, acaso más fáciles en absoluto, que se nos hacen más difíciles, por la novedad completa que para nosotros tienen. Pero si tal es el grado de progreso al que, en este punto, se ha llegado por lo general, ya, desde muy antiguo, empezando por el Sabio de Samos, hubo y hay hombres que recuerdan todas sus vidas, y están dotados, por lo tanto, de la sublime prudencia y del profundo saber que da la experiencia de miles de años.
Lo que más me encanta y seduce, como resultado útil de este saber profundo á que todos hemos de llegar, es eso de que Ud. habla sobre la transformación del dolor en placer. Ahora somos tan torpes, que no sabemos hacer que no nos duela, sino que nos dé gusto cuando nos duela. En lo futuro no será así. Y en vez de quejarnos, por ejemplo, de que á media noche nos despertemos con un dolor de muelas, exclamaremos muy satisfechos: «He tenido un regalado placer de muelas á media noche.» Y esto no porque la impresión recibida en los nervios deje de ser la misma, sino porque el cuerpo fluido, no lerdo ya, sino ágil y muy instruído, sabrá recibir la impresión por el lado que conviene, aprendiéndola con tal arte que, en vez de serle ingrata, le sea grata y aun deleitosa.
No teniendo ya necesidad de sufrir dolor, y siendo placer todo, seremos todos bonísimos; medraremos en inteligencia y amor, según usted augura.
Pero como tanto bien se encerraría en muy ruin vivienda si jamás pudiésemos salir de este globo, Ud. afirma que otro paso más de la educación del cuerpo fluido es el adiestrarse en salir de la tierra, y volar por los espacios interplanetarios é intersiderales, visitando á los habitadores de los demás mundos que pueblan el éter. A fin de alcanzar esta virtud es menester tanto requisito, que apenas hay hombre, en el estado actual de la cultura humana terrestre, que valga para ello. Lo que sí es indudable es que en otros soles ó planetas están ya más adelantados que aquí, y hay cuerpos fluidos vivos que viajan de mundo en mundo cuando quieren.
De estos viajantes ha habido no pocos que se han quedado en la tierra por larga temporada, y nos han hecho inmensos beneficios, promoviendo nuestra ilustración y enseñándonos artes, virtudes y disciplinas de subido precio. Yo no puedo menos de convenir con Ud. en que Sócrates, Zoroastro, Sakiamuni, Confucio, Merlín, Numa y otros sabios, profetas y fundadores de religiones, tuvieron por almas cuerpos fluidos, descendidos de algún astro, donde se había progresado más que entre nosotros; y dichos cuerpos fluidos, encarnando aquí en el seno de alguna joven honrada, hermosa y pura, cumplieron benéfica misión. Provino de estos hechos repetidos la creencia, persistente entre todos los pueblos, de que hay ó hubo semidioses, avatares, ó hijos del cielo, venidos á la tierra. Y así, cuando los poetas querían adular á algún soberano ó poderoso magnate, le decían, aunque no fuese verdad, que era hijo de este ó del otro dios, como dijeron de Rama ó de Alejandro de Macedonia; y como cantó Virgilio del hijo del cónsul Polión, suponiendo que bajó del cielo: