Me ha dolido tanto dicha suposición, que he estado á punto de no continuar escribiendo á Ud., á pesar de lo mucho que tengo que decir aún. Si su libro de Ud. fuese un trabajo de ningún valer, sería necio emplear en él la crítica y hasta la sátira para impugnarle. Y de todos modos, habría en mí algo de moralmente censurable y poco digno en tratar mal á Ud., que me honra y me lisonjea escribiéndome, consultándome y enviándome su libro desde tan lejos. Pero, bien mirado el asunto, yo creo que los lectores de las cartas han ido más allá de mi intención y han puesto en estas cartas una malicia de que carecen y que yo nunca tuve. Nada hay de común entre mi escéptico buen humor y la mofa ofensiva. ¿Cabe, acaso, en el entendimiento de nadie que sea yo tan presumido y tan soberbio que considere mentecatos á Darwin, á Haeckel, á Swendenborg, y á otros sabios y filósofos de quienes hablé ya en mis cartas, examinando sus doctrinas con no menor desenfado y broma que las de Ud.? Yo no poseo el entusiasmo, la fe, la fantasía poderosa que tuvieron ó tienen ellos, y me resisto á dar por demostrado lo que ellos dan por demostrado; y así, en nombre de cierto sentido común, tal vez burdo y rastrero, y en virtud de mi corta ciencia, y con la autoridad que nos tomamos hoy todos, pues hay libre examen, tiro á invalidar esas doctrinas, á par que me deleita contarlas, en resumen, como quien cuenta un cuento ingenioso.

Desde Aristóteles hasta nuestros días no hubo, en mi sentir, entendimiento más extraordinario y creador que el de Hégel. Su sistema, para mí y hasta donde yo acierto á comprenderle, es pasmoso de sublimidad y hermosura. Supongamos que mi sentido común me diese á entender que todo el dicho sistema fuese un conjunto de disparates: ¿impediría esto que yo admirase y celebrase el arte, la dialéctica, la maestría con que los disparates se coordinan para formar un todo armónico? ¿No me será lícito maravillarme de la belleza de un poema, sin dar por verdad lo que el poema refiere? ¿He de creer que Homero era tonto, y he de despreciar la Odisea porque no creo en los encantos de Circe ni en la colosal estatura de Antifates?

Además, aunque yo sea escéptico á veces, no siempre ni en todo lo soy. También yo tengo mis dogmas. Ríase de ellos quien quiera, y si lo hace con mesura, no me enojaré ni entenderé que se burla de mí. Y desde luego diré aquí que, en virtud de estos dogmas, yo no creo aceptable ningún sistema de filosofía fundado sólo en ciencia empírica. Pero no es Ud. el único que tiene hoy esta pretensión. Son muchos los que han levantado sistemas del mismo modo, y de algunos de ellos he de hablar aún en estas cartas. Y si al hablar de ellos río y dudo, ¿se ha de creer que maltrato ú ofendo á sus autores, cuando, por el contrario, me enamora el saber, y me atraen y me cautivan la voluntad, el talento y la fantasía que despliegan? Yo no voy tan lejos como Lessing, el cual decía que si le diesen la verdad en una mano y en otra el ingenio, la agudeza y la fantasía que se emplean á veces en buscarla, desdeñaría la verdad y se quedaría con las otras prendas. Yo no: yo me quedaría con la verdad; pero, á falta de verdad, todas esas otras prendas susodichas encierran para mi gusto un preciadísimo tesoro. Permítaseme, pues, que con buen humor y sin burla siga yo mostrando algo de ese tesoro al exponer su sistema de Ud., cuyas premisas, ó hechos científicos en que se funda, ni niego ni afirmo.

Siguiendo mi tarea, y desechando los escrúpulos de conciencia, empezaré por decir que no me explico ese odio que muestra Ud. á lo sobrenatural. A mi ver, si por naturaleza ha de entenderse todo lo existente y todo lo posible, lo que es y la fuerza que da ser á lo que es, Ud. tiene razón: lo sobrenatural es un pleonasmo. Nada más natural que el mismo Dios. La ley de naturaleza será la razón y la voluntad de Dios, que manda y quiere que haya orden y prohibe turbarle. Por este camino vendremos á parar á la definición que da San Agustín de la ley eterna, y estaremos en plena ortodoxia. La diferencia consistirá en que lo que llamo yo Dios, será llamado por otros fuerza eterna, natura naturans, agente cósmico, alma del mundo, y otros mil nombres, que, si vienen á probar lo poco que sabemos de esta cosa en sí, no prueban que la cosa no exista y que no sea naturalísima.

Pero si por naturaleza entendemos otra cosa, tendremos que conceder que todo es natural ó sobrenatural, según se mire. Para una piedra, la planta más sencilla, que crece, se desenvuelve, se nutre y tiene vida, es ya sobrenatural. Y para la planta, arraigada en el suelo, y que ni ve, ni oye, ni se representa el mundo exterior, el más ruin animalejo, un lagarto ó un sapo, es sobrenatural. Y con relación á los brutos, que carecen de consciencia ó la tienen oscura y vaga, es sobrenaturalísimo el hombre, que se reconoce, se sabe, y habla, y discurre, y reflexiona. Y desde el salvaje hasta las personas cultas de hoy, las sobrenaturalidades se van acumulando y creciendo por estilo prodigioso. Sobrepuesto á la naturaleza, añadido nuestro, obra de nuestro ingenio y de nuestra voluntad, son las ciudades, los caminos, los campos cultivados, las máquinas, las telas de que nos vestimos, los objetos de arte y hasta, si se considera bien, la hermosura corporal, hija del esmero, del aseo y del cuidado que pusimos para crearla. Una linda muchacha de ahora, no lo dude Ud., es un ente sobrenatural. Lo natural es la mona ó la antropisca, y casi casi no lo es ya la hotentota.

Cuando uno está en Bélgica, por ejemplo, y piensa que, en estado natural, apenas podría contener y alimentar aquel terreno medio millón de hombres, y ve que contiene y alimenta seis, confiesa que, no ya el tranvía que la electricidad mueve, ni el teléfono, ni el telégrafo, sino cinco millones y medio de seres humanos son en Bélgica sobrenaturales: han sido criados por arte y sobrepuestos á lo que la naturaleza, abandonada á sí misma, hubiera podido criar y conservar.

Si á esto añadimos, por último, todas esas habilidades de entenderse con los muertos, de recordar vidas pasadas y de salirnos del cuerpo sólido é irnos con el cuerpo fluido por soles y planetas, lo sobrenatural cunde y promete encumbrarse á una altura pasmosa con el andar de los siglos.

Aceptado ó aprobado por Ud. lo de que tenemos cuerpos fluidos inmortales, no se ve término á nuestro progreso. Sólo hay un peligro, aunque lejano: la fin del mundo. Las religiones y las mitologías tienen profetizada esta fin. La ciencia también, en todos tiempos y contra su costumbre de armar conflictos con las religiones, ha coincidido y coincide en hacer tan triste pronóstico. Sólo lo que no tuvo principio no tiene fin. Lo que nace muere. De aquí que el mundo ha de acabar de una manera ó de otra. Y así como los sabios han inventado mil hipótesis sobre su nacimiento, también sobre su muerte total ó parcial las han inventado. Lucrecio la explica en sus hermosos versos. Leopardi atribuye á Straton de Lampsaco una curiosa explicación de la muerte de nuestra tierra, la cual explicación puede hacerse extensiva á todos los demás astros. La fuerza de rotación va poco á poco comprimiendo los polos y aumentando por el Ecuador el radio de la tierra. Así seguirá hasta que la tierra se agujeree y venga á ser como un gordo buñuelo. Luego se hará el agujero mayor, y la masa sólida vendrá á parecer un anillo. Y el anillo, por último, se hará pedazos, y cada uno de los pedazos vagará suelto por el espacio, ó irá á caer en nuestro sol ó en otro, ó tal vez en algún planeta, como caen en la tierra los aerolitos.

Sabio hay que afirma que el sol puede pararse. El movimiento, ó sea la fuerza con que gira hoy sobre su eje y con que va probablemente caminando por el espacio en rápida traslación, se convertirá en calor, si el sol se para. Entonces habrá una expansión espantosa de toda la materia del sol, dilatándose hasta más allá de la órbita de su más distante cometa. Todos volveremos así al estado de nebulosa. Podrá también ocurrir que el sol se apague, y sobrevendrán las tinieblas y la muerte. Pero aun sin tamaños cataclismos, nuestra tierra irá perdiendo la fuerza que la hace girar en torno del sol; pues como no va por el vacío, y como el éter le opone alguna resistencia, su fuerza centrífuga se gasta. Hasta hay quien asegura que ya vamos caminando con más lentitud y acercándonos al sol. La atracción del sol será así mayor á cada momento, y podrá llegar uno, harto desdichado, en que la tierra se caiga en el sol y allí se abrase y se consuma. Aun sin esto, la tierra puede morirse, como la luna está ya muerta. Los metales se irán oxidando. En esto el oxígeno se consumirá, y se acabará el aire respirable. El agua se gastará, entre tanto, en formar rocas hidratadas y en entrar en otras composiciones. Sin aire y sin agua, se extinguirá la vida. Plantas, animales y hombres, todo fenecerá. Pero no hay que afligirnos. Para entonces ya todos los cuerpos fluidos vivos sabrán hacer lo que hacía el cuerpo fluido de Swedenborg: sabrán salirse de los cuerpos sólidos é irse á otros mundos. Y con tiempo, para que no nos coja aquí la mala hora, nos escaparemos de la tierra y nos iremos á fundar colonia en otro planeta más capaz y cómodo, donde seguiremos progresando é inventando primores que ni siquiera concebimos en el estado actual de nuestra cultura.

De esta suerte no será en balde y trabajo perdido todo lo que hemos hecho hasta hoy por adelantar é instruirnos. Nuestros monumentos, cuadros, estatuas, museos y bibliotecas, todo acabará al acabar la tierra que habitamos; pero lo sustancial del saber adquirido se quedará en nuestra memoria, y se salvará con los cuerpos fluidos vivos, que otros llaman espíritus. Estos, más perfectos cada día, irán teniendo nuevas prendas y llegarán á vivir como en la eternidad; como si no hubiera para ellos pasado y todo fuera presente. Deberáse esto á lo agudo y vivo de nuestra imaginación, que nos lo representará todo como si acabase de suceder ó estuviese sucediendo. Y deberáse también á lo penetrante y extenso de nuestra vista y á la rapidez más que eléctrica con que nuestros cuerpos fluidos recorrerán el éter. Así podremos llegar, por ejemplo, en menos de un minuto, á un sitio del espacio adonde un rayo de luz de la tierra tarde cuatro siglos en llegar, y ese rayo de luz traerá pintada la entrada triunfante de los reyes católicos D. Fernando y D.ª Isabel en Granada, ó la vuelta de Colón á España y su presentación á los mismos reyes en Barcelona. En suma: podremos verlo todo, como si estuviera todo pasando en la actualidad y de veras.