Abreviando ahora, á fin de no hacer mis cartas á Ud. interminables, diré que nuestra vida inmortal de cuerpos fluidos irá de bien en mejor, sin cejar y aun sin parar. Porvenir tan risueño y venturoso me seduce. Cuénteme Ud., pues, en el número de sus adeptos. Lo que yo no puedo es aceptar su sistema sin algunas modificaciones y cambios, que voy á proponer aquí.

La existencia de los cuerpos fluidos ó etéreos, en que se funda toda la doctrina de Ud., me parece muy de acuerdo con la ciencia antigua y con la ciencia moderna. ¿Qué otra cosa es ese cuerpo fluido sino el cuerpo de la resurrección de la carne que algunas religiones afirman? ¿No equivalen esos cuerpos fluidos á las sombras, á los manes de los gentiles? Y en cuanto á la ciencia moderna, yo veo claro que se puede bien apoyar la afirmación de Ud. en los Principios de Biología, tan celebrados, de Herbert Spencer. Para este gran sabio, la vida consiste en la correspondencia del organismo con el medio ambiente, ó sea environment. La vida inmortal estriba, pues, en la perfecta correspondencia con ese medio. Herbert Spencer dice: «Si no hubiera cambios en el environment sino aquellos que el organismo previó, preparándose para encontrarlos y para que no le falte la eficacia con que los encuentra, lograríamos eterna existencia y eterno conocimiento.»

Apoyado en estas palabras de Herbert Spencer, un sobresaliente discípulo suyo, no sé si inglés ó yankee, el Sr. Enrique Drummond, ha escrito un libro muy leído y celebrado en los Estados Unidos, Ley natural en el mundo espiritual, y ha hecho allí muchos prosélitos. La teoría de Drummond coincide en algo con la de Ud. y en mucho difiere. Yo me inclino á adoptar parte de la teoría de Drummond para modificar la de usted y aceptarla luego, hasta donde yo puedo aceptar lo transcendental, fundado, no en metafísica y ciencia a priori, ni siquiera en estudio del propio yo, sino en ciencia empírica y de observación del mundo que nos rodea: en noticias adquiridas por los sentidos, aun suponiéndolos aguzados por instrumentos ingeniosísimos, como microscopios, telescopios, espectroscopios y radiómetros, y auxiliados por otros sentidos sutilísimos y casi ubicuos, que poseen los cuerpos fluidos, y por cuya virtud parece que nos entendemos con los espíritus ó con lo que Ud. llama cuerpos fluidos, que vienen á ser lo mismo.

Es indudable que aceptada la existencia de dichos sentidos fluidos, el campo de la observación y los lindes de la ciencia empírica se extienden extraordinariamente. Con dichos sentidos llegamos á percibir lo más etéreo y alcanzamos á columbrar lo más remoto, aunque lo sólido, macizo y opaco se interponga. Para dichos sentidos no hay solidez ni opacidad que valgan: un muro espesísimo de argamasa es más diáfano que el cristal, y la grosera y ruda sustancia de que están amasados los Andes, hasta sus raíces, goza de la transparencia del aire sereno y puro y aun del mismo éter.

A lo que yo saco en claro de la atenta lectura de las obras de Allan Kardec y de otros espiritistas, también ellos coinciden con Ud., sólo que llaman á los cuerpos fluidos periespíritus, los cuales periespíritus, aunque son cuerpos, son tan leves, tan volátiles y vaporosos, que van por donde quieren y ven cuanto se les antoja. Aunque viven envainados en los cuerpos sólidos, cuando llegan á cierto grado de elevación en los estudios pueden salirse del cuerpo sólido, dejándole dormido, en éxtasis y hasta cataléptico, é irse de bureo ó parranda por los espacios infinitos. Sólo que los espiritistas ponen una condición que Ud. no pone: dan por averiguado que, hasta el día de la muerte, el periespíritu está atado al cuerpo sólido por una cinta, guita ó cordón etéreo y luminoso, cuya longitud ó elasticidad es enorme.

Si consideramos el cuerpo sólido como una placenta, este cordón etéreo viene á ser como el cordón umbilical que une al periespíritu con el cuerpo en que se cria. La ruptura de este cordón umbilical y la vida independiente ya del periespíritu son los fenómenos que el vulgo llama muerte. Mientras dura la vida terrena, el periespíritu está, pues, como el jilguero que hace de cimbel, atado por un hilo, más ó menos largo, al palillo en que se posa cuando vuelve de haber revoloteado.

Hallo todo esto tan sencillo, tan natural y tan llano, que no trasluzco la más ligera objeción que lo invalide. La dificultad y la discrepancia están en otros puntos.

Pero estos otros puntos son tan difíciles de tocar, que exigen nueva carta. Termino ésta aquí, y créame Ud. su amigo.

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9 de Abril de 1888.