Lo que será difícil, hasta rayar en lo imposible, será la inmortalidad del individuo, en este sistema spencerino. El medio ambiente sufrirá tan radicales mudanzas, que aun sin contar con la fin del mundo, ocurrirán cosas que nos maten á todos, y no sabremos, por mucho que estudiemos, adaptarnos al medio ambiente.

Cada veinte mil y pico de años, v. gr., sobrevendrán períodos glaciales, y luego surgirán nuevas floras y nuevas faunas. ¡Vaya Ud., pues, á precaverse contra todo esto, por mucho que sepa! No habrá más remedio que morir, en lo tocante al cuerpo sólido; pero á bien que tenemos el cuerpo fluido. Yo me refugio en él y en el sistema de usted, y vengan períodos glaciales y estíos abrasadores:

Ast insueti aestus, insuetaque frigora mundo,

como ya anunciaba el divino y precitado Fracastoro; y truéquese la tierra en mar y el mar truéquese en tierra, y con el ardor del sol quede todo agostado y sin vida, ó bien salgan, del removido y fecundo cieno, inauditos monstruos, bichos rarísimos y ponzoñosos, y una caterva de desaforados gigantes,

Ausuros patrio superos detrudere coelo,
Convulsumque Ossum nemoroso imponere Olympo.

De todo esto me reiré, de todo esto no se me importará un ardite, teniendo el cuerpo fluido bien adiestrado ya.

Como quiera que sea, por el sistema de Herbert Spencer, si no se prueba la posibilidad práctica de nuestra inmortalidad, á causa de estos grandes trastornos que él pronostica, queda probada la posibilidad teórica ó especulativa de la inmortalidad en una combinación de materia; y por el sistema de Ud., la realidad práctica de esa inmortalidad en dicha combinación, cuando es de una materia sutil, pura, activísima y ligera. Yo no quiero ni debo poner objeción á esto. Sólo siento tener que decir que no es muy nuevo. Los cuerpos gloriosos, la resurrección de la carne, son lo que Ud. dice. Israelitas, cristianos y muslimes apoyan su teoría de Ud., y creen por fe que Henoch y Elías, sin morir, eterizaron ó fluidificaron sus cuerpos, y llegaron á la inmortalidad sin pasar por la muerte.

Queda, pues, como inconcuso que puede haber y que hay combinación de moléculas tan sabiamente organizadas, que ya ni en la eternidad se separen, y que resistan, para conservar su forma, á toda externa violencia. Pero ¿cómo se da esta combinación? Se da, sin duda, por obra de una fuerza individua, indivisible, organizante é individuante, que no está en ninguna de las moléculas de la combinación, sino que se extiende por todas, y está toda en cada una de ellas. Sin esta fuerza, una, verdaderamente una, insecable, átomo real y no imaginario, mónada sencillísima y no extensa, entelechia, en fin, ó cifra de todas las perfecciones en cierne, ¿cómo quiere ni puede usted concebir la existencia, la organización y la animación de un cuerpo fluido?

Viene á corroborar este pensamiento la consideración de que apenas hay molécula en un organismo que no se separe ó que no se conciba que puede separarse sin que el organismo padezca, con tal de que otra molécula de igual valer la reemplace. No es, por consiguiente, la confederación de cierto número de moléculas lo que constituye la vida. Es casi seguro que en un tiempo marcado desaparecen en todo cuerpo orgánico cuantas moléculas le compusieron, y vienen á componerle otras. Un hombre, por ejemplo, de cuarenta años, es lo probable que no tenga en su organismo ni un solo átomo de la materia que tuvo á los diez años, á los quince ó á los veinte. Este hombre, sin embargo, sigue siendo el mismo y tiene la conciencia de que sigue siendo el mismo; guarda en la memoria los sucesos de su vida y lo que ha estudiado y aprendido. Si es buena persona, ha progresado en ciencia y en virtud; y como muestra aún la fisonomía y traza de antes, aunque un poco deteriorada ó alterada, porque los años no pasan en balde, todo el mundo le reconoce y le da el nombre que le dió cuando muchacho, y persiste en creer que es el mismo sujeto, cuando le ve en calles y plazas, tertulias y reuniones. ¿Qué es, pues, lo que persiste en este señor para que siga siendo siempre él y no otro? Usted dirá que persiste la forma, pero la forma no tiene nada de sustantivo: es un adjetivo, es una calidad que cae sobre la sustancia. Luego si la sustancia varía y la forma persiste, por fuerza hemos de conceder un principio informante que va amoldando y sujetando á determinada forma la sustancia que llama á sí para constituir un organismo.

Claro está que, según el sistema de Ud., el cuerpo fluido es quien tiene esta habilidad y hace esta operación en el cuerpo sólido. Pero con el cuerpo fluido, con toda combinación, por tenue y etérea que sea, ha de ocurrir idéntica dificultad. Un cuerpo fluido, una sombra, una aglomeración orgánica de las más alambicadas chispas de éter, tendrá también pérdidas sensibles é insensibles, sudará á su modo, se alimentará de purísimos efluvios y de refinadísimos aromas, y en suma hará también sus digestiones y sus secreciones, de suerte que al cabo de cierto tiempo ocurrirá al cuerpo fluido orgánico lo que al sólido: ni un solo átomo tendrá ya de los que antes tenía, si bien persistirán su individualidad y su forma. Luego, no ya la inmortalidad, sino la duración y la persistencia, no residen en la cohesión ó agrupamiento de las moléculas, sino en una virtud plasmante ó informante, la cual atrae y colecciona los átomos, concertándolos para fines prescritos y prefijadas operaciones. Y como esta virtud es calidad, y no sustancia, menester es que supongamos sustancia en que resida y que sea sujeto de este atributo.