Y como si esta sustancia fuese corporal ó extensa, volveríamos á las andadas, y meteríamos en el cuerpo fluido otro más fluido y más sutil, y así hasta lo infinito, ha sido menester poner, como hipótesis para explicar esto, una sustancia incorpórea ó sin extensión, á la cual hemos llamado archea, entelechia, alma ó espíritu, sustancia, en suma, que ha tenido mil nombres y de cuya esencia convengo en que no se sabe nada; pero como de la esencia de la materia no se sabe más, me parece que por este lado espíritu y materia quedan iguales y nada tienen que echarse en cara en cuanto al concepto oscurísimo que de ambos formamos. Por lo cual, si hemos de negar el espíritu porque no sabemos lo que es, bien podemos con el mismo fundamento negar la materia; y ya Ud. sabe que casi ó sin casi la negaba Berkeley. Hasta se puede ir más allá y asegurar que procedemos menos de ligero afirmando la existencia del espíritu, que afirmando la existencia de la materia, porque la percepción del espíritu es inmediata y la de la materia no.
Para percibir la materia necesita uno de ojos, de oídos ó de otro sentido; y si no los tiene muy agudos, de lentes ó de trompetillas acústicas; y si la materia es muy menuda, de microscopios; y si está muy distante, de catalejos; mientras que para percibirse uno á sí mismo, no tiene más que pensar y no necesita más medio ni más instrumento que el pensamiento mismo.
De todo lo cual se infiere, y tengo que decirlo con la franqueza que me es propia, que sus cuerpos fluidos de Ud. no explican nada como no les prestemos alma inmortal que los informe y habilite. Hecho este préstamo, su sistema de Ud. me agrada. Estamos de acuerdo, y hasta estamos de acuerdo también con Allan Kardec y los espiritistas. Y si no reparamos en pelillos, ni entramos en menudencias, y damos á nuestros asertos una interpretación amplísima, generosa y conciliante, hasta estamos de acuerdo con todo buen cristiano, que cree en la inmortalidad del alma espiritual y en el cuerpo glorioso informado por ella.
Lástima es que no acepte Ud. también para todo el universo, que es unidad á par que conjunto de cosas varias, cierta fuerza unitiva é inteligente que lo ordene, enlace y una todo; algo, en suma, que se parezca al Dios en que nosotros creemos; pero Ud. se muestra enojadísimo contra Dios y le suprime, lo cual me apesadumbra de veras.
Y es lo más extraño que en el proceder de usted hay una inconsecuencia capital que salta á la vista. Tal vez el motivo más fundamental que tiene Ud. para suprimir á Dios es la existencia del mal moral y físico, que, siendo Dios todopoderoso, inteligente y bueno, no consentiría. Pero, como en seguida se pone Ud. á cavilar, á trabajar y á arreglar el mundo, y resulta que todo está á pedir de boca, y que no podemos quejarnos, no comprendo cómo no vuelve Ud. á Dios el crédito que ha querido quitarle, y ya que lo halla todo tan bien y tan enderezado á nuestro progreso físico, intelectual y moral, no vuelve á dar á Dios la gobernación de todas las cosas, y aun á celebrar en su honor una función eucarística y de desagravios.
La verdad es que acerca de todo eso, así como acerca de cuanto en su sistema de Ud. tiene que ver con la moral y con las ciencias sociales y políticas, hay muchísimo que decir todavía, y más importante que lo dicho hasta ahora; pero yo estoy cansado de escribir sobre tan arduas cuestiones, y Ud., y el público, á quien comunico las cartas que á Ud. escribo, recelo yo que estén cansados de estas filosofías que voy enjaretando. Dejémoslas, pues, al menos por ahora, y ya veremos si más adelante vuelvo á escribir á usted sobre su libro con más serenidad y reposo. Entre tanto, aunque disto mucho de haber expuesto aquí toda la doctrina que el libro contiene, y de haberla juzgado, ya creo que doy alguna idea, así de la doctrina como de lo que pienso acerca de ella. Sólo añadiré hoy cierta alabanza, que lo es para un escéptico como yo, aunque para usted no lo sea. Su libro de Ud. no convence, pero entretiene. Luce Ud. en él su brillante imaginación, y llena no pocas de sus páginas de elocuentísimas frases. Ya esto es mucho, y yo le doy por ello mi más cumplida y cordial enhorabuena.
POESÍA ARGENTINA
26 de Marzo de 1888.
Á D. Rafael Obligado