Muy señor mío: Hace ya más de dos años que tuvo Ud. la bondad de enviarme un ejemplar de su precioso tomo de poesías, impreso en 1885. El ejemplar ha estado, como otros muchos libros y cartas, aguardándome en mi casa de Madrid, mientras que andaba yo por esos mundos, sin saber que tal obsequio me había Ud. hecho. No extrañe Ud., pues, y perdone que yo acuda tan tarde á darle las gracias.
El libro de Ud. agrada antes de leerle. El libro de Ud. excitaría, además, cierta envidia en mi alma, si yo fuese propenso á sentir tan mala pasión. Nunca hubo poeta en España que lograse ó soñase siquiera con tener tan elegante edición de sus versos. El magnífico retrato de Ud. y los demás grabados y viñetas son modelo de buen gusto y de gracia. El papel, la impresión, todo es bellísimo.
Declaro mi ignorancia cándidamente. Yo no había oído hablar de Ud. hasta que recibí el tomo. Y, al verle, en lo material tan lindo, pues no creo que exagero si digo que no vi tomo de versos de ningún país que esté mejor impreso que el de Ud., me entró desazón y recelo de que los versos fuesen malos y de que todo el valor del libro estuviese en la estampa. Por fortuna, recelo y desazón pasaron pronto. Leí los versos, y hallé que merecen estar tan bien impresos y tan ricamente adornados de primorosas láminas.
Al escribir á Ud. hoy, agradeciéndole el presente, me he de permitir también poner aquí mi juicio sobre los versos y darlos á conocer á la generalidad de los españoles que no saben de usted sin duda.
Gran satisfacción es para todos nosotros cualquiera gloria literaria que adquieran en América los ciudadanos de las repúblicas que salieron de nuestras antiguas colonias. Es algo que viene á acrecentar el tesoro de nuestra civilización castiza y á probar su vitalidad fecunda. Tan nuestras, tan españolas considero yo las poesías de usted, que me avergüenzo de no entender por completo aquellos vocablos que significan objetos de por ahí, como aberemoa, guayacán, pacará, quinchar, burucuyá, seibo, ombú, payador, chaja, ñandubay, molle, chañar, achiras, totoral, camalote, quena y otros; y si no están en nuestro Diccionario, como sospecho, quisiera definirlos bien é incluirlos en él.
La lisonjera impresión que recibe un natural de esta Península, aficionado á las letras, al recibir poesías tan bellas como las de Ud., venidas de tierra tan remota, es como la que recibiría un ciudadano de Atenas cuando llegasen á su noticia las obras en griego de algún insigne sabio, poeta ó historiador de su casta que viviese en el Asia central, en Egipto, en Libia ó en alguna ciudad helénica de la misma Hesperia, hasta donde la civilización, el habla y todo el ser de Grecia habían penetrado, creando nuevas repúblicas y Estados independientes, si bien conservando la unidad superior de la sangre, del lenguaje y de la cultura.
Así también, cuanto se escriba en América, salvo en el Canadá y en los Estados Unidos, es de esperar que siga siendo literatura española. Y mientras más adelanten los ingenios de ahí y superen en lo futuro á los ingenios de la antigua metrópoli, más sello castizo, más aire de parentesco, más color y sabor españoles tendrán sus obras. Sólo por decadencia podrá ocurrir que se borre ó esfume en Uds. el ser propio nuestro, y que sean Uds. otros de los que son. Y no es de temer que las razas indígenas prevalezcan, ni que las lenguas guarani ó quichua destierren la castellana, ni tampoco se ha de presumir y pronosticar que los primitivos colonizadores pierdan ahí su virtud asimilante y plástica, y se fundan en los nuevos colonos é inmigrados, en vez de fundir en sí á cuantos acudan á esas regiones, desde Alemania, Francia, Bélgica é Italia.
Gran dolor sería esto para nosotros. Esto daría indicio de que somos de raza inferior, y quitaría fundamento al orgullo legítimo con que, después de la gente inglesa, nos consideramos como la primera de todas las gentes civilizadas en haber difundido sobre la faz de este planeta su lenguaje, sus creencias, su saber, sus artes y todas las demás manifestaciones de su espíritu. Esto nos quitaría la esperanza que hoy tenemos de nuestra inmortalidad colectiva, aun cuando ocurriese el grande infortunio de que se hundiera España ó quedase desierta, ya que ahí, ó del otro lado de los Andes, ó en el rico Anahuac, renacería España, joven, poderosa y lozana, y pondría los recuerdos de nuestra gloria como digno principio de la que nuestros hijos hubiesen ya adquirido ó adquiriesen en lo futuro.
A pesar de cierto americanismo, que tal vez á algunos de los habitantes de esta vieja España nos parezca sobrado, veo yo con viva satisfacción que el espíritu de Ud. y el de su crítico, encomiador é intérprete D. Calixto Oyuela, poeta asimismo de mucho mérito, coinciden en esto que afirmo. Poco importa, como el Sr. Oyuela confiesa y deplora, que su patria esté aquejada de cosmopolitismo. El medio millón de italianos á que ascenderá pronto la inmigración, los ciento cincuenta mil franceses y los demás hombres llegados ahí de distintas partes de Europa para aumentar la riqueza, la industria y el comercio de esa república, tendrán que españolizarse, ó, si usted quiere mejor, que argentinarse. La vitalidad de nuestra raza debe salir triunfante de esta prueba. Libros como el de Ud. vienen en corroboración de mi pronóstico. Dejemos hablar al señor Oyuela, cuyas palabras hago mías: «Los nobles sentimientos é ideas que Ud. expresa son tales como deben ser, y son naturalmente imaginados y sentidos por un argentino de raza española. La lengua en que están es pura lengua española. Aunque Ud. conoce y estima, como toda persona de buen gusto, la literatura francesa, no se deja dominar por su influjo. Ni el más leve soplo francés corre por las delicadas páginas de su libro. Tampoco hay en él nada italiano, nada inglés ni nada alemán. En cambio, sin que Ud. lo haya solicitado, quizá desconociéndolo, y con sólo dar rienda suelta á su naturaleza americana y á su carácter argentino, tiene el libro de Ud. no poco de andaluz. De ahí que maneje Ud. el castellano con tanta pureza, soltura y gallardía.»
El mismo Sr. Oyuela añade: «Somos, es cierto, un país colonizador, y necesitamos de la inmigración para engrandecernos; pero á condición de asimilárnosla y de fundirla en nuestra nacionalidad propia. Las naciones, como los individuos, sólo valen y significan algo por su carácter, por su personalidad. Un país sin sello propio es como un escritor sin estilo: no es nadie. El cosmopolitismo no ha engendrado ni engendrará jamás nada fecundo, ni en política, ni en literatura.»