El Sr. Oyuela, pues, comentando los versos de usted, y Ud. escribiéndolos, reniegan de ese cosmopolitismo estéril y procuran que brote de la raíz española, trasplantada á ese suelo, la originalidad nacional que anhelan, y que ya tienen sin duda.
A este fin, además, se puede ir por muy distintos caminos, y tanto Ud. como el Sr. Oyuela siguen, á mi ver, el más seguro, recto y hermoso. Dentro de la afición á lo castizo desechan Uds. la equivocada distinción entre el arte gentílico y el arte cristiano. No hay verdaderamente más que un arte bueno y legítimo, en cuya forma pagana ó griega no cabe hoy sólo el espíritu racionalista de Goethe, de Leopardi, de Chénier, de Fóscolo y de Carducci, sino que puede también vivir y vive el espíritu español y católico. Así lo entendió y lo realizó fray Luis de León, á quien usted y su amigo ensalzan y siguen; y así lo proclama hoy Menéndez Pelayo, á quien el señor Oyuela llama «el gran ortodoxo, griego en arte hasta la medula de los huesos»: Ni se opone esto á lo popular y castizo; porque, como su crítico de usted dice muy bien, los buenos poetas griegos hubieran sido en América tan americanos como usted; y Echevarría, que señala el punto de partida de la literatura nacional argentina, es en sus aciertos clásico sin saberlo; y más lo hubiera sido si, al libertarse del pseudo-clasicismo francés, no hubiera imitado el romanticismo francés, no hubiera pensado en francés y no hubiera escrito en castellano de baja ley.
Por dicha, Ud. tiene lo que faltó á Echevarría. Como él, posee Ud. la facultad de reflejar, á modo de claro y mágico espejo, la naturaleza circunstante, hermoseándola y depurándola en la imagen; pero Ud. posee además el arte y la forma adecuada para que esta imagen pase, sin disiparse ni afearse al pasar, desde la mente de Ud. á las mentes de los demás hombres, hiriéndolas y penetrándolas. Se diría que todo el concierto, toda la magnificencia y toda la hermosura de la tierra de Ud., aunque conocidos por la geografía y por la estadística, eran ignorados por el sentimiento, ya que no habían llegado á reflejarse en el alma de un poeta, ni habían aparecido en sus cantos. Así es que mucha parte del elogio que hace Ud. de Echevarría, podemos nosotros con más razón aplicarle á Ud., y repetir:
Como surgiendo de silente abismo,
El mundo americano
Alborozado se escuchó á sí mismo:
El Plata oyó su trueno;
La Pampa, sus rumores;
Y el verjel tucumano,
Prestando oído á su agitado seno,
Sobre el poeta derramó sus flores.
Desde la hierba humilde
Hasta el ombú de copa gigantea;
Desde el ave rastrera que no alcanza
De los cielos la altura,
Hasta el chajá que allí se balancea,
Y á cada nube oscura
A grito herido sus alertas lanza;
Todo tiene un acento
En su estrofa divina,
Pues no hay soplo, latido, movimiento,
Que no traiga á sus versos el aliento
De la tierra argentina.
En todos los versos de Ud. hay inspiración propia, por donde, sin buscar la originalidad, Ud. la tiene. Se conoce que ha leído Ud. los poetas españoles, hasta los más recientes, como Campoamor, Núñez de Arce y Velarde. En trozos descriptivos, sobre todo en décimas, creo notar cierto confuso recuerdo del estilo de los dos últimos. En varias composiciones amorosas de Ud. hay también algo del modo de Bécquer. Siempre, no obstante, la imitación ó la coincidencia es tan vaga, que no está uno seguro de que no sea ilusión.
Por lo demás, nada tan opuesto como su espíritu de Ud., sano, optimista, lleno de esperanzas en el progreso y en la grandeza de la patria, y de todo el humano linaje, al espíritu de Bécquer, pesimista y hondamente herido. Hasta en las poesías más melancólicas de Ud. hay consuelo, hay bálsamo, hay luz celestial que lo alegra é ilumina todo. Así, por ejemplo, en El hogar vacío, donde tan sentida y tiernamente llora Ud. la muerte de una joven, dulce compañera de su niñez acaso, termina Ud. con esta estrofa, cuya sencillez no deja comprender bien el efecto que produce al terminar la composición, si antes no se ha leído la composición toda:
Así mi lira llorará tu ausencia.
Tu cándida existencia
Cual blanca nube se elevó del suelo
Y en lo infinito desplegó sus galas.....
Los que nacen con alas,
¡Cuán pronto suben de la tierra al cielo!
Tal vez cuando, en mi sentir, recuerda Ud. más á Bécquer por la forma, es cuando por el fondo dista Ud. más de él; cuando hay en Ud., no ya la luz y la gloria del amor que pasa, sino el júbilo y el dulce contento del amor que vive y queda en el alma para siempre, haciéndola dichosa:
Porque el amor es dueño
De todo Paraíso;
Porque toda belleza de la tierra
Es un fragmento del Edén perdido.
Por eso, sin duda, hay más alegría, más resplandores beatificantes que en la aparición momentánea del amor de Bécquer, en la aparición, en el bosque, que se mostraba mustio, de la mujer por Ud. amada: