Muy señor mío y distinguido amigo: Cuando en el verano pasado de 1887 tuve el gusto de conocer y de tratar en Spa á Ud. y al general don Julio Roca, hablamos mucho de la patria de usted, de su próspera situación y del brillante porvenir que todo el mundo le augura.
Bien puede afirmarse que el general D. Julio Roca ha sido quien más ha contribuído á disipar las nubes que oscurecían y velaban el horizonte, y quien así nos ha dejado ver el cielo de ese porvenir despejado y claro.
Dicho general, venciendo definitivamente á los indios, errantes por la inmensa soledad de la Pampa, aumentó el territorio de la república con muchos millones de hectáreas, preparó todos aquellos campos para el advenimiento de la civilización y de la colonización europea, y, libertándolos de las invasiones y rapiñas de los salvajes, les dió un valor que sólo puede significarse por centenares de millones de pesetas.
Todo esto se hizo humana y hábilmente, sin disparar un tiro, sin derramar una gota de sangre. Los indios fueron perseguidos, cazados y confinados en sitios donde tendrán que reducirse á la vida civil, ó morir y extinguirse como raza. Quichuas, guaranies, tehuelches, pehuenches y araucanos, todo va á desaparecer y á ceder por completo la tierra, desde el límite occidental de la dilatada provincia de Buenos Aires y los límites meridionales de las de Córdoba, San Luis y Mendoza, á fin de que por allí se explaye y se difunda la civilización americano-española, hasta el estrecho de Magallanes.
¿Debemos recelar que amenace ahora cierto peligro á esta civilización, y á la raza que la representa, y al lenguaje que la expresa? Yo creo que no, á pesar de lo que sostienen y pronostican autores de nota, entre los cuales sobresale el francés Emilio Daireaux, cuya obra, Vida y costumbres en la Plata, Ud. mismo me ha dado á leer.
Suponiendo que en el día cuenta la República Argentina con una población de cerca de cuatro millones de hombres, sólo podremos considerar la cuarta parte, un millón, como inmigrados extranjeros, y aun en este número habrá que contar más de 160.000 españoles. Los italianos son los más numerosos entre estos inmigrados. Los franceses vienen después, casi en el mismo número que los españoles. Y hay, por último, ingleses, alemanes y de otros países de Europa.
A la verdad que no es corta esta inmigración. Para el pronto crecimiento y grandeza de la República se ha de presumir que irá la inmigración en aumento constante, pues hay tanto terreno desierto que poblar y que cultivar; pero ni aun así creo yo que deba pronosticarse que ha de fallecer la virtud absorbente de la raza española criolla, que forma ya una nación perfecta y entera, y que del aluvión y conjunto de gentes que acuden y acudirán de todas partes, habrá de surgir una nacionalidad nueva y distinta, con otro idioma, con otra manera de ser y con otros rasgos y caracteres que los que tienen hoy los argentinos y llevaron allí los primeros colonos que fueron de España.
Para dar por seguro ó por probable lo contrario es menester suponer, como sin duda supone Daireaux, que en la Plata no hay verdaderamente nación todavía, sino gérmenes de nación, cuya elaboración definitiva dice él que ha empezado, si bien se ignora qué elemento prevalecerá, y qué lenguaje y qué modo de ser tendrán ustedes. Por lo pronto, afirma el Sr. Daireaux que la raza, que era española en un principio, aunque con mucha mezcla de judíos y de moros (lo cual pongo yo en duda, y si lo concediese, no concedería que esos moros y esos judíos no fuesen ya al ir á la Plata enteramente españoles), ha dejado de ser española y se ha hecho latina, y afirma también que la lengua va sufriendo allí rápidas modificaciones. Dentro de poco no podremos entendernos. Hablarán Uds. en latín, ya que son ustedes latinos, ó en francés, que es la lengua más de moda entre las neolatinas, ó tal vez en una lengua franca y flamante, que saldrá de la mezcla de los diversos idiomas que hablen los que vayan allí de inmigrados.
De nada de esto veo yo, por dicha, ni señales. Y digo por dicha, ya que, si para nosotros, habitantes de esta Península ibérica, sería terrible mortificación de amor propio que desapareciese hasta la huella de que esa república es hija de España, para Uds. la mortificación sería mayor al quedar tan absorbidos y tan desaparecidos como tendrán que quedar los pehuenches ú otras tribus así.
La actividad, la energía y la riqueza que muestran hoy los argentinos, hasta en empresas que parecen aventuradas y de inseguro buen éxito, nos quitan todo recelo de esa á modo de desnaturalización con que el autor francés amenaza á Uds. Sola la provincia de Buenos Aires, privada de su capital, que se ha hecho neutra para ser capital de toda la república, se ha creado en cinco años una nueva y magnífica capital, La Plata, llena de soberbios edificios, monumentos y palacios, y poblada ya de 50.000 ciudadanos.