Pero ni esta bizarría y alarde de poder material, ni el comercio floreciente, ni los adelantos en las varias industrias, prueban tanto el arraigo en aquella tierra del ser argentino, español de origen, que conservan y conservarán Uds., como el movimiento intelectual, cada día más castizo, rico y fecundo, en todas las provincias de la república, y en Buenos Aires sobre todo. El mismo Sr. Daireaux da testimonio del valer é importancia de este movimiento, encomiando las obras del general Mitre y del doctor V. F. López, que trazan la historia de la independencia sudamericana; las de otros autores, como los doctores Vicente Quesada, Navarro Viola y Trelles, que publican documentos sobre los orígenes y la vida social; las de los estadistas y economistas Agote, Latzina, Coni y Navarro; las de los antropólogos, etnógrafos y exploradores Moreno, Ceballos, Lista y Fontana, y las de los jurisconsultos Alcorta, Montes de Oca, Tejedor, Obarrio, Segovia, y Carlos Calvo singularmente, «cuyo tratado de Derecho internacional público y privado resume los progresos de esta ciencia oscura, en la época moderna, figura entre las obras maestras de esta clase, y es consultado por todas las cancillerías y por todos los diplomáticos».

Teatro, á lo que parece, no tienen Uds. aún.

De novelas, yo sólo conozco la Amalia, de Mármol; pero el Sr. Daireaux cita Pablo ó el hijo de las Pampas, de doña Eduarda García, y varias otras novelas de D. Eduardo Gutiérrez, como Juan Moreira y El tigre de Quequen, cuyos lances tremendos, crímenes y horrores, compara á los de Eugenio Sue.

Donde, á la verdad, así en la República Argentina como en los demás Estados de la América del Sur, se muestra más el genio castizo ó español de origen, es en la poesía lírica y narrativa. Varias causas contribuyen á esto. Las generales son las que en el siglo presente, aunque se llama positivo, hacen que florezca la poesía en todas las regiones de la tierra, como no ha florecido nunca. Y en cuanto á lo castizo y propio, las causas son especiales. Ya sea porque nuestro lenguaje poético está más trabajado y formado, ya sea porque nuestra prosodia es tan distinta de la francesa, ello es que, aun queriendo, el poeta español más entusiasta de los franceses no acertará á imitarlos en la forma si escribe en castellano. Los galicismos de toda clase son más frecuentes en prosa que en verso. Y en cuanto á los galicismos de fondo ó de pensamiento, también en verso tienen que ser más raros; porque aun cuando el poeta siga ó adopte sistemas ó doctrinas que estén de moda en París, como en la poesía entra por mucho el sentimiento nacional y el individual, éstos se combinan con lo que tal vez se aceptó por moda y le presta fisonomía y valer castizos.

En cierto sentido no hay sabios populares; pero hay y hubo siempre poetas populares que llevan la voz del pueblo y hacen oir con grata resonancia y ritmo adecuado las palpitaciones del grande corazón colectivo. De aquí que la ciencia sea cosmopolita y la poesía no.

En la República Argentina ha existido y existe esta poesía del pueblo ó del vulgo al lado de la poesía sabia. Desde muy antiguo, desde que hubo gauchos en la Pampa, los cuales no me puedo persuadir—á pesar de cuanto dice Daireaux—de que sean más árabes ó más moros que cualquier habitante de mi lugar ó de otro cualquier lugar de Andalucía ó de Extremadura, hubo entre dichos gauchos cantadores y tocadores de guitarra, músicos y poetas á la vez, que han lucido y nos han dejado en sus coplas y canciones tesoros de inspiración original y fieles pinturas de la vida nómada que en aquellos campos se hacía. Los poetas de esta clase eran llamados ó se llaman payadores, y se citan como los más ilustres entre ellos á Estanislao del Campo, á José Hernández y á Ascasubi. Ignoro si el famoso payador simbólico Santos Vega, de quien escribió Rafael Obligado leyenda tan preciosa, es personaje histórico ó mítico; pero esto importa poco á mi propósito. Basta con que haya habido otros payadores.

Coincidiendo con su poesía popular y agreste, produjo la tierra argentina, como el resto de la América española, aun antes de la independencia, otra poesía erudita y clásica, la cual siguió siempre la manera de ser de la poesía de la metrópoli; y yo creo que esta poesía, sobre todo la lírica, apenas se dejó influir por el gusto francés en tiempo del clasicismo, ni en España, ni en sus colonias, ni en los Estados independientes que de ellas nacieron. Hasta los poetas más ajustados, en la teórica, á los preceptos de Boileau, que al cabo no eran exclusivos de Francia, son muy españoles cuando escriben versos. Meléndez, Jovellanos, Lista, Gallego, Quintana, todo el estol de líricos españoles del siglo pasado y de principios del presente, no se parecen más á los poetas franceses que fray Luis de León, Garcilaso, Herrera y Rioja, de quienes son dignos sucesores. Lo mismo se puede afirmar de los líricos hispano-americanos de aquella escuela y período: de Olmedo y de Bello, por ejemplo.

Menor fué la independencia y mayor fué el remedo de lo francés cuando vino el romanticismo. En la vieja España fué más fácil que algunos poetas se libertasen de este remedo, refugiándose en lo pasado; en la edad media, en nuestros romances, en nuestras tradiciones y en nuestro teatro del siglo XVII; pero en América hubo menos reparo y defensa, y la imitación de lo francés tuvo que ser mayor entre los románticos.

José Mármol es excepción de la regla. La vehemente energía de su odio contra el tirano Rosas presta robusta entonación á sus versos, é imprime en los mejores un sello característico y original, que les da grandísimo valor á pesar de las incorrecciones y desaliños.

En cuanto á Echevarría, ¿cómo negar que malogró en parte sus no comunes prendas? No lo digo yo: lo dice su compatriota de Ud. D. Calixto Oyuela: «precisamente por haberse apartado de lo español y castizo más de lo que nuestra propia naturaleza consiente, no pudo ser bastante americano.» Y Oyuela añade luego: «Si Echevarría quiso renegar de esta índole y de estas afinidades naturales, debió ser lógico, y renegar también del idioma, que es su consecuencia necesaria, proponiendo que hablásemos en francés ó en quichua.»—«Y no se alegue la quimera de formar nuevo dialecto, desprendido del castellano: la historia nos enseña que de los idiomas formados y fijados sólo pueden salir jergas informes.»