A pesar del pesimismo que muestra el señor Oyuela en este punto, bien podemos afirmar, y más aún poniéndole á él y á su amigo Rafael Obligado por claros y vivos testimonios, que en la Plata no se hablará jerga nueva, ni francés, ni quichua, sino castellano puro y limpio.
Ni siquiera valdrá para torcerle, italianizándole, la gran colonia italiana; porque si el influjo de la rica y noble literatura clásica de Italia se deja sentir en la literatura argentina, será de modo benéfico, como se dejó siempre sentir en la triple literatura española, en Portugal, en Cataluña y en Castilla, tanto en los siglos XV y XVI, cuanto en el XVIII y en el XIX.
Dispense Ud. que me valga de tan largos preámbulos y rodeos para llegar al verdadero asunto.
Me pidió Ud., y yo prometí, un juicio franco sobre el poeta argentino Olegario Andrade.
Sus obras, reunidas en un tomo elegantísimo, fueron impresas en el año pasado (1887) en Buenos Aires, á expensas del Tesoro nacional, que consignó por ley 16.000 pesos para la adquisición de los originales y 6.000 para su impresión. Tan espléndido favor á este poeta y á sus obras hace patente la altísima estimación de que gozan en su país de Ud. Yo he prometido decir sin disimulo mi parecer sobre estas obras, que bien se ve, por lo que queda expuesto, que son el reflejo más popular y el eco más vivo del sentir y del pensar argentino en este momento y del gusto literario que allí prevalece.
Como prenda y señal de lo prometido, el general D. Julio Roca me dió el mismo ejemplar que él tenía por no haber otro á mano. No puedo, pues, excusarme.
Mi empeño es ineludible y muy arduo y comprometido. Confieso que lo que más temo es que no parezca mi crítica bastante encomiástica. Por la incorrección, por el descuido á veces de la forma, tendré que censurar no poco en las poesías de Olegario Andrade; pero me consuela y anima que mis alabanzas han de ser grandes, sinceras y fervorosas, y muy superiores á las que tributé ya á D. Rafael Obligado, poeta sin duda más elegante y correcto, pero que jamás se remontó hasta ahora tan alto en sus canciones como Andrade se remonta, ni tomó para ellas, como toma Andrade, asuntos que mueven ó deben mover el ánimo de toda la nación para quien canta. Andrade, á veces, movido por el asunto mismo que trata y por su elevada inspiración, es más que un poeta nacional, es uno de aquellos pocos poetas que aciertan á dirigir la voz dignamente á todo el linaje de los hombres, excitando en ellos el amor de las teorías, la fe en los propósitos que le son más caros, y la sublime esperanza de que pronto habrán de realizarse. De esta suerte, el poeta tiene, hasta donde es posible en lo humano y en una edad tan descreída como la nuestra, algo del profeta antiguo: es el vate.
Ya se ve que debe ser difícil y delicado juzgar bien á Andrade; pero sin creer en todas sus teorías y sin esperar el cumplimiento de todos sus vaticinios, bien podemos celebrar el entusiasmo con que los expresa y decir desde luego que por este entusiasmo le colocamos en el número de aquellos poetas universales y sublimemente didácticos, entre los que descuellan Schiller, Manzoni, Quintana y Víctor Hugo.
Con lo dicho se explica la razón de tan extenso preámbulo. Para entrar de lleno en materia tendré que escribir otras cartas.
Ignoro si ésta alcanzará á Ud. en París, en Roma ó en Oriente; pero donde quiera llega El Imparcial, á quien la confío. Con ella van mis saludos afectuosos para el general D. Julio Roca, y para Ud. la seguridad de que empiezo á cumplir mi promesa.