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23 de Abril de 1888.
III
Mi distinguido amigo: Cuando murió, poco há, Olegario Andrade, su muerte dió ocasión para que se manifestase del modo más solemne el entusiasmo que inspiraba á sus compatriotas. El gobierno nacional mandando publicar á su costa, y con gran lujo, las obras del poeta; el general Roca pronunciando la más sentida oración fúnebre; Benjamín Basualdo escribiendo un prólogo altamente encomiástico, y la prensa periódica aplaudiéndolo todo, vinieron á corroborar lo que ya era opinión del público argentino, y había sido afirmado por los críticos de más autoridad, como los doctores Wilde y D. Nicolás Avellaneda y el poeta Carlos Guido Spano: que Andrade era un genio y que sus cantos tendrían vida imperecedera y gloriosa.
Yo quiero y debo, no obstante, prescindir de todo esto al dar mi parecer; darle como si nada de esto supiera, y no ceder al influjo de los que tal vez por patriotismo y por la contagiosa sobreexcitación de un momento ponen desmedida hipérbole en su alabanza.
Las poesías de Andrade son harto difíciles de juzgar con acierto y suscitan multitud de dudas y cuestiones, supongo que en la mente de todos, y de seguro en la mía, sobrado escéptica quizás, pues no sólo halla muy sujeta á errores la aplicación de las reglas que sirven para juzgar y apreciar las obras de un singular poeta, sino que, aun en las reglas mismas, nota cierta confusión, contradicción é incertidumbre.
Lo llano, lo cómodo para mí sería no mostrar mis vacilaciones, seguir la corriente y aplaudir sin reparo, como los otros; pero mi sinceridad se sobrepone á toda consideración. El diablillo crítico que me atormenta, y por el que estoy no sé si obseso ó poseído, no consiente que diga yo cuando escribo aquello que quiero decir, sino aquello que él quiere que yo diga; y lo más que logro á veces, y esto es peor, es decir lo que él quiere y lo que yo quiero; de donde resulta, en algo como diálogo, más que discurso, una verdadera sarta ó ristra de antinomias, según las llaman ahora.
Yo he calificado á Andrade de poeta sublimemente didáctico, poniéndole en el grupo en que pongo á Manzoni, á Quintana y á Víctor Hugo.
Pero, apenas dicto mi primera sentencia, cuando interviene mi diablillo é interpone su apelación. ¿Qué enseña, dice, la poesía en nuestro siglo? ¿Qué sistemas filosóficos, qué doctrinas políticas y sociales, qué dogmas religiosos, qué problemas y qué teoremas de la ciencia de naturaleza podrá nadie resolver ó enseñar en verso, que no estén mejor enseñados ó resueltos, explicados y demostrados, en el más compendioso manual, catecismo ó cartilla para los niños de la escuela? Y como aun reconociendo en el poeta, en Dante, Goethe ó Leopardi, por ejemplo, todas las prendas de un sabio de primera magnitud, y creyendo que su cerebro fué ó es el archivo de todos los conocimientos divinos y humanos que en su época podían penetrar y conservarse con orden en el cerebro de una persona mortal, todavía dudo de la virtud docente de su poesía, mil veces más tengo que dudar de que ocurra y obre esta virtud en quien, lejos de haber estudiado y aprendido mucho, deja el colegio prematuramente con algunas ligeras nociones de historia y noticias muy elementales de literatura, y se lanza á la vida del periodismo, tan agitada y laboriosa.
Mirando este asunto bajo su aspecto prosaico, acude al pensamiento, al ver cómo nos dedicamos muchos al magisterio de la prensa antes de saber algo que enseñar, aquello del «Maestro Ciruela, que no sabía leer y ponía escuela», ó el chistoso epígrafe de un capítulo de la novela del Padre Isla que ha quedado como refrán: «Deja Fray Gerundio los estudios y se mete á predicador.»