Claro está que en este sentido, cuando ni los poetas que fueron también grandes sabios pueden ser poetas didácticos en el siglo XIX, menos lo es Olegario Andrade, cuyos estudios habían sido cortos y someros; pero hay otro sentido, según el cual, como por ciencia infusa, puede un poeta ser sublimemente didáctico en nuestros días.

Las elevadas aspiraciones, el ideal cuya realización se columbra en el porvenir, los planes, doctrinas y esperanzas que están en la mente colectiva de un pueblo ó de la humanidad toda, por estilo vago, informe y confuso, resplandecen con mayor luz en el alma del poeta, y merced á la energía plástica que el poeta tiene, se revisten de forma determinada, precisa y hermosa, en versos que muestran con claridad aquello mismo que agitaba el centro oscuro del alma y que el vulgo apenas comprendía. Para ser así poeta didáctico se requieren dos grandes y raras condiciones, sin las cuales no se alcanza la perfección de la forma en que estriba el misterio. Se requieren el entusiasmo y el buen gusto.

El entusiasmo, esto es, el sentimiento fervoroso y la imaginación potente que le pone de manifiesto, habilitaban é ilustraban, sin duda, el espíritu de Olegario Andrade: poseía esta primera condición para ser gran poeta docente. Sobre la otra condición, sobre la del buen gusto, hay reparos que poner.

En mi sentir, es necesario dar á la forma extraordinaria belleza para que este género de poesía transcendental y encumbrada penetre bien en las inteligencias y en los corazones, y venga á ser como la fórmula duradera de una tendencia general, de una aspiración nacional ó humana.

No bastan las imágenes de que reviste y adorna el poeta su pensamiento, ni el fuego de la pasión con que le presta calor y vida; son indispensables, además, el esmero, la reflexión y el arte más exquisito.

Acontece en ocasiones que un poeta, sin pensamientos muy por cima de lo vulgar, pero con sentimiento delicado, cuando posee y emplea ese arte exquisito, comunica al lector dicho sentimiento y le conmueve más que el poeta desaliñado, aunque tenga ideas más hondas y nuevas. Así entre nosotros, Moratín, hijo, es el más artista, el más primoroso cincelador de versos. Gracias á aquel magistral arte suyo, lo más insignificante á veces, por el fondo, nos penetra, interesa ó enternece. El pensamiento expresado con nitidez y mesura no toca en lo ridículo por el empeño de llegar á lo sublime; y el sentir, expresado con mesura también, aparece sincero, y se apodera de nosotros, mientras que un sentir, más sincero quizá, si está expresado con exageración, nos parece falso, y nos hace reir cuando pretende hacer que lloremos.

No es esto decir que lo primoroso y atildado de la forma salve nunca lo que carece de fondo, lo que está vacío de pensamiento, y frío de sentimiento, ó recalentado con sentimiento falso y postizo. Sean ejemplo de esto los versos políticos de Monti: son un prodigio de hechura, pero á mí me dejan helado: apenas tengo paciencia para leerlos.

No hay arte con que disimule el poeta la falta de convicción. Lo que sí puede ser es que por ampulosidad sobrada se estropee un sentimiento leal y sincero, y aparezca falso y mentido. Esto se advierte á veces en Víctor Hugo. No ha de extrañarse, pues, que también se advierta en Olegario Andrade, que tomó á Víctor Hugo por ídolo y modelo.

Víctor Hugo tenía mucho arte: ponía en la forma el mayor esmero y estudio, como casi todos los poetas franceses; pero nuestros poetas románticos, que no pueden imitar en la forma la poesía francesa, por ser tan distinta, y que acaso se dejan engañar por lo que dice el poeta extranjero de que la inspiración le arrebata y de que no reflexiona, ni lima, ni pule, escriben sin arte y allá corren desbocados, dando rienda suelta á su portentosa facilidad.

Presupuestos, con todo, el sentir y el pensar con hondura, y la sinceridad, y el brío en el estilo, que todo esto tiene Andrade, no se puede negar que fué egregio poeta, por más que á veces le falten el arte, la mesura, la nitidez y la elegancia.