Diré aquí con toda franqueza que si yo fuese Víctor Hugo, y alguien me hubiera echado tanto incienso, y no tontamente, sino con gracia, y moviendo bien el turíbulo, hubiera yo escrito una carta menos seca, pagando al poeta sus alabanzas con otras iguales y no menos justas. La carta de Víctor Hugo me da rabia, como si yo fuese Andrade. La única disculpa que tiene la carta es que Víctor Hugo no sabía castellano y no entendió los versos de su admirador.
La verdad es que, ó debe uno callarse y dejar que le adoren como á un Dios, ó contestar con algo mejor que tres frases hechas á requiebros como los que siguen:
Todo lo tienes tú, la voz de trueno
Del gran profeta hebreo,
Fulminador de crímenes y tronos!
El grito fragoroso del que un día
Encarnó, para ejemplo de los siglos,
La idea del derecho en Prometeo;
La cuerda de agrios tonos
De Juvenal, aquel Daniel latino,
Tremendo justiciero de su siglo,
Y el rumor de caverna de los cantos
Del viejo Ghibelino.
Todo lo tienes tú; por eso el cielo
Te dió tan vasto sin igual proscenio.
No hay notas que no vibren en tu lira,
Ni espacios que no se abran á tu genio.
Cantas al porvenir, y los que sufren,
Esclavos de la fuerza ó la mentira,
Sienten abrirse á sus llorosos ojos
De la esperanza las azules puertas.
Apostrofas al tiempo, y se levantan,
Mágico evocador de edades muertas,
Como viviente, inmenso torbellino,
Razas extintas, pueblos fenecidos,
Fantasmas y vestiglos,
Para contarte en misterioso idioma
La colosal Leyenda de los siglos!
Todo lo tienes tú; todo lo fuiste:
Profeta, precursor, mártir, proscrito.
Gigante en el dolor te levantaste
Cuando en la noche lóbrega sentiste
Temblar los mares, vacilar la tierra,
Con pavorosa conmoción extraña,
Cual si un titán demente forcejease
Por arrancar de cuajo una montaña.
Era Francia, montaña en cuya cumbre
Anida el genio humano;
La Francia de tu amor, que tambaleaba
Herida por el hacha del germano;
Y arrojando la lira en que cantabas
La Canción de los bosques y las calles,
Fuiste á tocar llamada,
De París sobre el muro ennegrecido,
En el ronco clarín de Roncesvalles.
Larga es la cita que acabo de hacer; pero ella muestra la excesiva, candorosa y casi desdeñada adoración á Víctor Hugo; el concepto que formaba Andrade de lo que era ó debía ser un poeta grande; y aun algunos de sus sentimientos y creencias sobre el progreso y la libertad, y sobre el alto destino de Francia, cumbre donde anida el genio humano.
Las faltas de Andrade se ven también en los versos que acabo de citar. Por ellos se puede afirmar que se le empieza á conocer; mas para conocerle á fondo, es fuerza hablar de su Prometeo, de su Atlántida y de otras composiciones que piden más cartas. Por hoy añadiré sólo que al terminar los versos á Víctor Hugo, muestra Andrade otro de sus entusiasmos y sus creencias más poéticas: que el glorioso porvenir del humano linaje está en el mundo que descubrió Colón.
Desde aquí, teatro nuevo
Que Dios destina al drama del futuro,
Razas libres te admiran y se mezclan
Al coro de tu gloria,
Orfeo que bajaste
En busca de tu amante arrebatada,
La santa democracia,
A las más hondas simas de la historia!
Desde aquí te contemplan
Entre dos siglos batallando airado
Y arrancando á la lira
La vibración del porvenir rasgado
O el triste acento de la edad que espira!
Y al través de los mares,
Astro que bajas al ocaso, envuelto
En torrentes de llama brilladora,
Entonando tus cantos seculares,
Te saludan los hijos de la aurora.
Este final es magnífico.
No es más grandioso y arrogante nada de Víctor Hugo; pero, como el poeta argentino, envolviendo á su ídolo en nubes de incienso y en nimbos y aureolas de luz, le llama viejo y astro que baja al ocaso, ¿quién sabe si Víctor Hugo lo entendería y se enojaría un poco?
Basta ya, por ahora. Otro día veremos cómo entrevé y predice Andrade el porvenir de su América, y cómo teje guirnaldas ó coronas poéticas con las flores que toma en la filosofía de la historia; jardín público donde cada cultivador planta y recoge las flores que le convienen ó le gustan; ciencia que cada cual construye, entiende y explica según le place.
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