7 de Mayo de 1888.

IV

Mi distinguido amigo: La última producción de Andrade, titulada Atlántida, es el canto de cisne, donde su sentir patriótico y de raza está expresado con mayor elegancia y brío. Premiado el canto en público certamen, y siendo además la obra más encomiada del poeta, bien puede afirmarse que las ideas y los sentimientos que contiene son de los más populares en las orillas de La Plata.

No pretendo yo negar que el canto es hermoso. No me propongo escatimar las alabanzas, ni deslustrar los aciertos sacando á relucir faltas y errores. Tampoco gusto, por lo común, de impugnar, con la fría dialéctica de la prosa, lo que tal vez afirma un poeta arrebatado por el estro; pero ¿cómo prescindir de mi propia manera de sentir, de mi ser de español-peninsular, y no contradecir sentimientos é ideas que en la Atlántida se expresan y que en algo ó en mucho nos lastiman?

El canto Atlántida está dedicado al porvenir de la raza latina en América, y esto de raza latina ofende mi amor propio español. En esto, para España, hay algo que hiere, como se sentiría herido un anciano al saber que un hijo suyo, emancipado, rico, con gran porvenir, establecido en remotos países y lleno de altas miras ambiciosas, justas y fundadas, había renegado del apellido paterno, y en vez de llamarse como se llamó su padre, había adoptado el apellido de un amo, á quien su padre sirvió en la mocedad.

Al llamarse latinos los americanos de origen español, se diría que lo hacen por desdén ó desvío del ser que tienen y de la sangre que corre por sus venas. Ellos se distinguen, entre sí y de nosotros, llamándose argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos, chilenos, etc. Pero si buscan luego algo de común que enlace pueblos tan diversos é independientes, me parece que el tronco de las distintas ramas no está en el Lacio, sino en esta tierra española. Los Estados y las naciones que han surgido en América de nuestras antiguas colonias son tan españoles como fueron griegas las colonias independientes que los griegos fundaron en Africa, en Asia, en Italia, en Sicilia, en España y en las Galias. No se avergonzaron estos griegos independientes de seguir llamándose griegos, y no imaginaron llamarse pelasgos ó arios para borrar ó esfumar su helenismo en calificación más vasta y comprensiva.

Y aunque se diga que los portugueses no son españoles y que hay un gran imperio de origen portugués en América, el argumento no vale. Si hemos de reducir á un común denominador á los luso-americanos y á los hispano-americanos, á fin de sumarlos luego, más natural sería hacerlos á todos, no latinos, sino ibéricos y hasta españoles. Los portugueses, en los siglos de su mayor auge y florecimiento, cuando tenían navegantes, héroes y poetas, como Gama, Cabral, Diego Correa, D. Juan de Castro, Alburquerque y Camoens, no desdeñaban el ser españoles, por más que dentro de este predicamento general pusieran la distinción específica de portugueses. Ni sé yo que los austriacos, cuando no son húngaros, bohemios ó croatas, así como tampoco otros pueblos germánicos, que no dependen del imperio alemán, fundado por los prusianos, repugnen el dictado de alemanes y pretendan llamarse de otra manera. Más derecho sería negar al imperio flamante el exclusivo título de alemán.

De esta suerte pudieran los portugueses, si hubiera tribunal con jurisdicción para decidir y el negocio importase más, poner pleito á España por haberse alzado con el nombre de España y pedir que este Estado se llamase Reino Unido de Aragón y Castilla.

Me parece, por otra parte, que el título de América latina disuena más al promover la contraposición con la América yankee, que han dado en apellidar anglo-sajona. Para que la contraposición fuese exacta, convendría, si llamamos anglo-sajona á una América porque se apoderó de Inglaterra un pueblo bárbaro llamado anglo-sajón, llamar visogótica á la otra América, porque otro pueblo bárbaro, llamado visogodo, conquistó la España. Igual razón habría para llamar á los Estados Unidos y al Canadá América normanda, con tal de que la restante América se llamase moruna ó berberisca.

La verdadera contraposición, la innegable diferencia entre los yankees y los hispano-americanos de cualquier república que sean, no está en lo germánico, ni en lo latino, ni en lo normando, ni en lo moruno, ni en lo anglo-sajón, ni en lo visogótico, sino en que una América, civilizada ya, procede de ingleses, y de españoles otra, cuando Inglaterra y España eran al fin dos naciones perfectamente formadas y distintas, con condiciones propias y con carácter peculiar y con sello de originalidad indeleble. Y este sello tiene ó debe tener fuerza y virtud informante para marcar y asimilar á la gente que entre por aluvión á ser parte de la población de los nuevos Estados. Y así como no es de presumir que los franceses del Canadá y de Nueva Orleans, y que los españoles de origen de California, Texas y la Florida, y mucho menos los seis ó siete millones de negros, ciudadanos libres hoy de la república que fundó Washington, cambien el ser de aquella república y borren su origen, en su mayor parte inglés, menos debe temerse que los italianos ó los franceses que emigran ahora á la América, de origen, no en su mayor parte, sino exclusivamente española ó ibérica, borren la filiación y las señales de la procedencia y conviertan aquella América en latina.