Hechas estas consideraciones para que quede en su punto la verdad, severa y prosaicamente considerada, no debiéramos disputar más con el poeta, sino repetir la sentencia de Horacio del quidlibet audendi, y dejarle imaginar lo que se le antojara y convertir en latinos á todos los hispano-americanos desde Nueva Méjico á Patagonia.

En medio de todo no hay concepto generalizador que, aun pareciendo absurdo por un lado, no tenga por otro cierto racional fundamento, el cual estriba en nociones vagas, que se desprenden de ciencias nuevas, como, en este caso, de la filosofía de la historia, de la etnografía y de la filología comparativa, y pasan al dominio del vulgo. De aquí, sin duda, que habiendo sido tan pocos los latinos, allá en un principio, nos convirtamos ahora todos en latinos, con sorpresa y pasmo de los que no están en el secreto y por obra y gracia de las mencionadas ciencias.

Podemos llamarnos latinos, aunque no raza latina, como ya nos llamaron latinos los griegos del Bajo Imperio, para quienes los alemanes y los ingleses, y con sobrada razón, eran latinos, porque habíamos sido todos civilizados por el latín y con el latín: por el Imperio latino de Roma y después por la Iglesia latina, de Roma. Podemos llamarnos latinos, porque nuestras lenguas proceden del latín, y, en este sentido, no son latinos los alemanes; pero no sé yo por qué los ingleses han de ser más germánicos que latinos ó celtas. Si es cuestión de vocablos, acaso, casi de seguro, hay en un Diccionario inglés tantas palabras tomadas del latín como tomadas de otro idioma. Y si nuestro latinismo se funda en el influjo civilizador de la Iglesia romana, desde la caída del Imperio hasta la Reforma, los ingleses y los irlandeses resultan más latinos que los españoles, quienes, durante toda la edad media, estuvieron mucho más separados que Inglaterra y que Irlanda del influjo de Roma.

En resolución, y bajo cualquier aspecto que esto se mire, yo comprendo que, con el andar de los siglos, desaparezca del todo entre los yankees la huella de su origen inglés, y entre los hispano-americanos la huella de su origen español, para que yankees é hispano-americanos sean algo enteramente nuevo; pero no comprendo que yankees é hispano-americanos se borren el ser inglés ó español que tienen para que aparezca por bajo un ser anglo-sajón ó latino, á la manera que se puede borrar lo escrito recientemente en un palimpsesto, para que salga á relucir por bajo alguna obra clásica de antigüedad remota.

Si otro modo de transformación puede ó no ocurrir, misterio es profético en el que no debo entrar. Sólo digo que esta transformación, por cuya virtud quedasen descastados los españoles ultramarinos, los vejaría más á ellos que á los españoles peninsulares. ¿Carecerá la raza que colonizó tan inmensa extensión de ambas Américas de vigor y de nervio suficientes para imponer el sello característico que la distingue? ¿Cederá al empuje de la inmigración creciente, dejando, v. gr., que los franceses ó los italianos se sobrepongan, y que las nuevas nacionalidades y tal vez las lenguas sean un conjunto italo-franco-hispano-lusitano, que venga á denominarse latino, para que no sea tan largo el término de expresión?

Me parece que, en todo caso, han de pasar centenares de años antes de que esto ocurra.

Lo más probable, así como lo más deseable, será que el Brasil, prescindiendo de tupinambas y guaranies, y de negros bundas y minas, y considerado como nación civilizada, siga siendo portugués de casta y origen, y que sus habitantes sigan hablando y escribiendo la lengua portuguesa, enriquecida ya por ellos con un tesoro de poesía épica y lírica y con muy estimables libros de historia y de derecho; que todas las repúblicas hispano-americanas, como pueblos civilizados, sigan siendo de origen español, y que sus ciudadanos sigan hablando la lengua de Castilla, en que han escrito Alarcón, Sor Juana Inés, Valbuena, Gorostiza, Ventura de la Vega, Baralt, Bello y Olmedo; y que los sesenta millones de yankees, que podrán dentro de poco pasar de ciento, sigan siendo ingleses por su origen, como pueblo civilizado, y sigan hablando la lengua inglesa. Las literaturas de estos pueblos seguirán siendo también literaturas inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el tiempo, ó tal vez mañana, ó ya salgan autores yankees que valgan más que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra; ni impide tampoco que nazcan en Río Janeiro, en Pernambuco ó en Bahía escritores que valgan más que cuanto Portugal ha producido; ó que en Buenos Aires, en Lima, en México, en Bogotá ó en Valparaíso lleguen á florecer las ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en Madrid, en Sevilla y en Barcelona.

No niego yo la posibilidad de que los hispano-americanos nos superen; y si no deseo que se nos adelanten, porque la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, deseo que nos igualen. Lo que niego es que, á no ser por decadencia y no por primor ó por adelanto, se vuelvan latinos. Afirmo la persistencia del españolismo, y en este sentido creo que la sentencia del Duque de Frías no puede fallar. Durante muchos siglos aún podremos exclamar con dicho poeta:

Españoles seréis, no americanos,

y podremos afirmar que el navegante que vaya por allí desde Europa,