Al arrojar el áncora pesada
En las playas antípodas distantes,
Verá la Cruz del Gólgota plantada
Y escuchará la lengua de Cervantes.
Bolívar pudo sacudir el yugo del tirano Fernando VII; pero el otro yugo, suave y natural, del Manco de Lepanto y del ejército de escritores que le sigue, es yugo que nadie quiere, ni debe, ni puede sacudir.
Otro sentimiento, que no nos es favorable, se deja traslucir además en el canto Atlántida. Es legítimo, sin duda, el deseo, y no deja de tener fundamento la esperanza que anima á los americanos, esto es, á los descendientes de europeos que fueron á colonizar á América, de que el porvenir de la humanidad está allí: de que, si en Asia, cuna de la civilización, hizo la humanidad grandes cosas, y de que, si más tarde, tal vez desde las guerras médicas, Europa adquiere la hegemonía, civiliza, domina el mundo y obra mil portentos, todavía América los obrará mayores en lo futuro, eclipsando las glorias de las más ilustres naciones de Asia y de Europa. Hasta este punto, el pensar y el aspirar son razonables y nada tienen de odiosos. Nada hay que decir, pongo por caso, de que un ciudadano de Chicago espere que el esplendor de su ciudad anuble dentro de poco el esplendor de la memoria de Roma, ó de que Nueva York haga olvidar á Sidón y á Tiro, ó de que por Boston se venga á oscurecer la fama de Atenas. Pero ya es de censurar, si traspasando este límite se advierte la impaciencia, que tiene algo de antinatural, como cuando un hijo piensa en que se le muera pronto su padre para heredarle, de que decaiga Europa, á fin de que se levanten las naciones de América con superior y no disputada grandeza.
De todos modos, yo no apruebo esta especie de naciente rivalidad entre el mundo nuevo y el viejo, y creo compatible la grandeza de ambos mundos y posible el florecimiento de las naciones de por allá y de las de por acá; pero como de la emulación nacen los grandes hechos, y no hay éxito dichoso donde no hay confianza, aplaudo el júbilo soberbio con que Andrade parece que espera más de su raza que de Europa y que de los yankees, asegurando que su raza va á cumplir las promesas de oro del porvenir, el cual está reservado (en América se entiende)
Á la raza fecunda
Cuyo seno engendró para la historia
Los Césares del genio y de la espada.
Andrade quiere decir con esto, y yo me alegraría de que tuviese razón, pues aunque quiero bien á los yankees, quiero más á la gente de mi casta y sangre, que lo grande que tiene aún que hacer la humanidad lo van á hacer los hispano-americanos. Ojalá, repito, que sea así. Pero ¿qué necesidad hay para ello de que nos considere ya muertos ó arruinados?
Andrade, profetizando en favor de su raza, que él llama latina, exclama:
Aquí va á realizar lo que no pudo
Del mundo antiguo en los escombros yertos:
La más bella visión de las visiones:
Al himno colosal de los desiertos,
La eterna comunión de las naciones.
Supongo que el poeta intenta decir, aunque, francamente, lo dice mal, que, escuchando el himno colosal de los desiertos, esto es, en medio de la magnífica, exuberante y hermosa naturaleza de aquel nuevo é inmenso continente, la raza latina realizará al cabo
La eterna comunión de las naciones,