ó sea una confederación y consorcio de pueblos libres, prósperos, fuertes, ricos y llenos de altísima cultura.
A nada de esto debe oponerse, sino aplaudir, todo latino de por acá. Lo que yo no apruebo, y lo que no aprobará ningún latino de los de esta banda, es que los latinos de la otra banda pongan como condición, á lo que parece, el que se convierta en escombros yertos este mundo antiguo, en el que hemos nacido y en el que vivimos.
En un porvenir remoto, todo, sin embargo, es posible. Tal vez dentro de algunos siglos, en vez de venir los chilenos, peruanos, brasileños, etc., á estudiar, á divertirse y á gozar, en escuelas, teatros y bullicios de París, de Roma y hasta de Madrid y Sevilla, aunque decaídas ya estas poblaciones, vengan á visitar sus ruinas como visitan ahora los europeos las ruinas de Persépolis, Palmira, Nínive y Babilonia. Lo que casi no es posible, y vuelvo á mi tema, es que los hispano-americanos, aun después de ocurrido todo lo que dejo consignado, se conviertan en latinos. ¡Cuidado que á mí me encantan Horacio y Virgilio, y los Gracos y los Scipiones, y Paulo Emilio y Régulo, y los Fabios y los Decios! Aunque propiamente no sean latinas, todas las grandes cosas de la Italia moderna me maravillan también y me atraen. Yo reconozco y bendigo el influjo civilizador de Italia, la cual, hasta el siglo XVI, y desde siete siglos antes de Cristo, y aun desde más temprano si contamos con el florecimiento de la Etruria y de la Magna Grecia, es la maestra de las gentes; pero los discípulos no han perdido su ser y dejado de ser lo que eran. Un cordobés, paisano de Lucano y de Séneca; un señorito de Sevilla, paisano casi de Silio Itálico y de los emperadores Trajano, Adriano y Teodosio el Grande, ó un natural de Cádiz, paisano de los Balbos, me chocaría á mí que saliese con la tonada de que era latino, cuando tal vez no supiese decir en latín sino el Gloria Patri y el Sicut erat. Hágase Ud. cargo si me chocará que un ciudadano de Buenos Aires, ó de Montevideo, ó de Quito, salga con que es latino ó de raza latina, como si tuviese á menos ó se avergonzase de ser de raza española.
Pero, en fin, nada de esto destruye el mérito de los versos de Andrade, de que seguiré hablando otro día.
Perdone Ud. que por hoy haya perdido yo tanto tiempo en mi inocente desahogo contra esta latinidad postiza que por moda científica nos han colgado á todos.
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14 de Mayo de 1888.
V
Mi distinguido amigo: Confieso que el canto Atlántida hace que me asalten con vigor mis dudas y cavilaciones sobre la poesía docente en nuestra edad, en que todas las ciencias están metodizadas y ordenadas.
Es de toda evidencia que existe aún sublime poesía docente, la cual, no sólo enseña el camino del progreso al linaje humano, sino que habla de Dios, revela los misterios del universo y de la historia, y mueve y levanta los corazones para que realicen nobles y útiles empresas. El influjo de esta poesía es hoy como nunca poderoso, y da un mentís á los que afirman que vivimos en época positiva y prosaica. Más que Tirteo en la antigua Grecia, influyen Whittier en la guerra civil de los Estados Unidos para dar libertad á los esclavos, y Quintana, en España, sosteniendo á la vez, con idéntico brío y en maravillosa y rica combinación, las ideas y los sentimientos que habían producido la revolución en Francia y el fervoroso patriotismo que abominaba de los que, por fuerza y sometidos ya á un tirano, aparentaban divulgar esos sentimientos y esas ideas á costa de la dignidad y de la independencia de las otras naciones.