Jamás como ahora, á pesar de la manía de afirmar que estamos en la edad de la razón y que ha pasado la edad de la fe, ha sido el entusiasmo más contagioso, ni ha tenido más eficacia, precediendo á la acción el pensamiento, y revistiéndose para propagarse y transformarse en obras de la palabra rítmica, sonora y alada.
Pero todo esto no es porque los poetas patenticen los arcanos que antes sabían sólo asociaciones secretas, ni hagan raros descubrimientos de que nadie se hubiera enterado hasta que ellos lo dijeron, sino porque á lo sentido, á lo imaginado y á lo pensado por muchos, tal vez informe y confusamente, aciertan á dar forma divina, sintiéndolo con más energía, imaginándolo con mayor lucidez, pensándolo con más limpia y pura claridad y comunicándolo así á las muchedumbres.
Todo depende, pues, de una feliz forma íntima, de la oportunidad y del tino.
Cierto escritor israelita ha compuesto un libro donde trata de probar que no hay sentencia alguna en el Sermón de la Montaña que no hubieran pronunciado antes de Cristo estos ó aquellos doctores de la Sinagoga ó de sectas judaicas en disidencia. Miremos el asunto con mirada racionalista y profana, y concedamos por un instante que dice verdad el autor del libro. El mérito de Jesús no se menoscabará por eso; antes crece en nuestra mente y se magnifica. ¡Con qué inspiración imperiosamente persuasiva, con qué soberano magisterio, con qué arte prodigioso no diría Jesús su Sermón, cuando de un tejido de frases olvidadas ó desdeñadas de rabinos obscuros, y de los que nadie hacía ya caso, compuso una obra moral y social que ha renovado el mundo y que hace cerca de dos mil años es como el fundamento ideal de la vida y de las costumbres entre las naciones que gobiernan y dirigen los destinos humanos!
En escala inferior, así es toda obra de un gran poeta. Nada explica mejor esto que dos palabras que no sé por qué han caído en desuso en nuestra lengua: la virtud de la concinidad y el poder del concionador, en su acepción más elevada.
Por una concinidad inspirada por el cielo, suponiendo fundada la crítica del autor israelita, hizo Jesús ley de la humanidad de un centón de máximas rabínicas; y por concinidad semejante, aunque en más baja esfera, influye un poeta en el porvenir de su pueblo con otro centón de lugares comunes.
Todo estriba, más que en lo que se dice, en el modo de decirlo; pero este modo no está sujeto á reglas, ni se aprende estudiando la poética y la retórica, sino que brota del alma humana, altamente iluminada, predestinada y escogida. Así se concibe que sea poeta docente, poeta concionador, Olegario Andrade, que al cabo, en prosa, sabía poquísimo, y no tenía, por consiguiente, mucho que enseñar.
Dos terribles escollos tiene que evitar el poeta que se engolfa por este mar de la poesía docente: el de mostrar enfático y falso sentimiento, que en vez de entusiasmar mueve á risa, y en este escollo Andrade, que es sincero, no tropieza jamás; y el de aspirar inocentemente á lo muy didáctico y caer en el prosaísmo, en lo cual no he de ocultar que Andrade alguna vez tropieza.
Para enseñar de cierto modo, no vale ya ni sirve la verdadera poesía, aunque el metro y los consonantes valgan aún como recurso mnemotécnico. Cuando se apela á este recurso, en vez de crear versos áureos, como los de Pitágoras, ó máximas solemnes, como las de los antiguos sabios y poetas gnómicos, se suelen hacer versos, cuya utilidad yo no niego, pero que hacen reir de puro ramplones. Menester fué de todo el talento y buen gusto de Martínez de la Rosa para que sus dísticos del Libro de los Niños no parezcan ridículas aleluyas, y suenen bien como suena:
La conciencia es á la vez
Testigo, fiscal y juez.