*
* *

27 de Agosto de 1888.

III

Muy estimado señor mío: Entre las varias dificultades con que tropiezo al emitir mi juicio sobre el Parnaso Colombiano, cuenta por mucho (¿y por qué no confesarlo?) mi corto saber de los hombres y las cosas de ese país. En una recopilación de versos escogidos de varios sujetos, que son además personajes políticos, y que han escrito en prosa, en periódicos, y que han compuesto novelas, y libros de derecho, de filosofía, de filología y de historia, que no conozco, es menester que yo adivine mucho, y toda adivinación está sujeta á graves errores.

La mayoría de los poetas, de quienes el señor Añez pone tres ó cuatro composiciones en su Parnaso, han escrito tomos enteros. ¿Quién me asegura que lo que inserta el Sr. Añez sea lo mejor y lo más característico? ¿Y cómo, por las breves noticias biográficas que preceden á las composiciones de cada autor, y por lo que él dice en ellas, averiguar con plena certidumbre sus doctrinas y creencias y tasar su valer en lo justo?

Por todo esto, y porque no me es dable extenderme demasiado, mi crítica tiene que ser incompleta: no será crítica; me limitaré á participar á usted mis impresiones en general, sin detenerme á decir algo en particular sobre tanto poeta.

He empezado por Miguel Antonio Caro, porque es el más conocido entre nosotros. Es fundador de la Academia Colombiana, correspondiente de la Española; director de la Biblioteca Nacional en su país, y ahí y en todas partes muy notable polígrafo y erudito, lo cual no impide que sea también elegante, inspirado y entusiasta poeta. Las dos composiciones suyas, que ya hemos citado, lo demuestran bien, y no lo desmienten otras cuatro que inserta de él el Parnaso: una A la estatua de Bolívar, obra admirable de Teneranni, que está en la Plaza Mayor de Bogotá, y otra de ellas A la gloria, donde yo admiro y envidio el fervor amoroso del poeta que la canta y la desea, exento de aquella mala vergüenza con que por Europa tratamos de encubrir ese entusiasmo, si por acaso le sentimos. Todos los que componen versos le sienten aún, pero con más tibieza, y no todos se atreven á decir, ni dicen tan bien á la gloria:

A cantar me obligaste con levantado aliento,
Y en premio me ofreciste tu divinal favor.
Hoy á buscarme vuelves. Yo conozco tu acento
Y sé de tus miradas el mágico fulgor.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Oh! ¡cumple tus promesas: alza mi nombre al cielo:
Lleva los cantos míos al último confín,
Y dales, incansable en tu radioso vuelo,
La heroica resonancia de tu inmortal clarín!

En casi todos los poetas de que hay obras en el Parnaso Colombiano debo decir, en honor de la verdad, que se advierte un sabor castizo, una corrección y una elegancia sencilla, que, no en todos, sino sólo en nuestros mejores y más cultos peninsulares se nota. Claro se ve que en Colombia es cultivado con amor y con atinado ahinco nuestro patrio idioma; que en Colombia ha nacido Rufino Cuervo. Todas las locuciones vulgares, todas las adulteraciones que pueblo tan remoto de España ha introducido en el lenguaje español, quedan tan estudiadas y corregidas en las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano de Cuervo, que no hay rastro de ello en la buena poesía.

De este respeto general al idioma aun da Cuervo otra prueba más brillante, viniendo á constituirse, como Ud. dice, desde un rincón de los Andes, en maestro excelente y superior del habla de Castilla. Su Diccionario de construcción y régimen es un portento de erudición, de buen gusto, de tenacidad y de paciencia.