Imposible parece que, en medio de las faenas de una fábrica de cerveza, donde Rufino, auxiliado por su hermano Angel, creó los bienes de fortuna que no tenía, le sobrasen tiempo y medios para leer, conocer á fondo y poder citar todo libro escrito en castellano desde la formación del lenguaje hasta ahora. Así será su obra alto monumento literario, honra de Colombia, de él y de la raza á que pertenece. Al mismo tiempo da Rufino Cuervo noble ejemplo de vivir, cuando, hijo del que fué presidente de la república, no se avergüenza de emplearse en bajos y mecánicos menesteres para ganarse la vida, y, ya ganada, la consagra por completo á competir con Littré, si no á vencerle, haciendo un Diccionario de autoridades, con tal copia de ejemplos, que pasma y aturde, y donde está la historia de cada palabra y de todas sus acepciones, desde el siglo XII hasta el XIX.
Hablo aquí de Cuervo para consagrarle este testimonio de mi admiración, y para que sea como muestra y garantía de que en su tierra se sabe la lengua castellana, lo cual importa mucho en la alabanza de sus poetas. El crítico circunspecto, digan lo que digan los entusiastas y sublimes, tiene que ir con pies de plomo en eso de conceder ó de negar patentes de genio y en disponer de la inmortalidad gloriosa para otorgarla ó rehusarla, según su antojo; pero bien puede afirmar, y yo lo afirmo del Parnaso Colombiano, que es un dechado de buen decir, y fehaciente documento de la civilización del pueblo donde tales poetas hay, y del arte, magisterio y esmerado tino con que manejan el habla, instrumento de la poesía.
Prestan además carácter á la poesía colombiana en general dos condiciones, ó mejor diré circunstancias, que influyen mucho en que sea buena y original. Es una el espectáculo de la magnífica naturaleza que rodea al poeta y le inspira, y es otra la sencillez patriarcal de costumbres, que transciende y da clara y dichosa muestra de sí en el estilo, á pesar de ciertos refinamientos de cultura intelectual, y á pesar de autores, grandes sí, pero enrevesados, ampulosos y gongorinos á su manera, que á veces se toman por modelo, como Víctor Hugo por ejemplo.
Para citar algo que ponga de manifiesto lo que digo, tengo que ir muy á la ventura y no respondo de que lo que yo cite sea siempre de lo mejor. Los poetas citados tienen además que permanecer para nosotros medio desconocidos. Por unos cuantos versos no es posible apreciar á los que han escrito mucho.
Hay; v. gr., un doctor Manuel María Madiedo que ha escrito tanto como el Tostado. Ha escrito tragedias, dramas, sainetes, novelas y obras por cuyos títulos, que es lo único que yo conozco, se calcula que han de ser de filosofía, de religión y de política, como La ciencia social, Crítica general, Derecho de gentes, Nuestro siglo XIX, El cáncer de los siglos, La razón del hombre juzgada por sí misma y La divina profundidad de la filosofía del Evangelio.
El Sr. Madiedo ha escrito muchísimo en los periódicos; es de los que más han hecho por la instrucción pública de su país: ha sido rector y catedrático en varios colegios. En su misma casa ha puesto cátedra y ha dado lecciones gratis. Es jurisconsulto, etc., etc. Y, sin embargo, no hay en el Parnaso Colombiano más que una sola composición del doctor Madiedo, tal vez de su mocedad, tal vez de las más descuidadas. Es, pues, evidente que yo no intento dar á conocer el mérito del doctor Madiedo por un trozo de la susodicha composición. Cito sólo el trozo para muestra del candor natural y sin aliño con que sin duda hace versos en Colombia todo hombre de ingenio y de ciencia, fijando sus fugitivas impresiones por medio de la palabra rítmica y procurando transmitir y perpetuar la idea y el sentimiento que ha despertado en su espíritu la naturaleza circunstante.
Los versos del doctor son al río Magdalena, al que, entre otras mil cosas que justifican no poco las que yo sospechaba que fuesen ponderaciones de mi amigo el Sr. Cané, dice lo siguiente:
No nadan rosas en tus aguas turbias,
Sino los brazos de la ceiba anciana,
Que desgarró con hórrido estampido
Tremendo rayo de feroz borrasca.
Yo veo serpientes que tus aguas surcan,
Cuyos matices á la vista encantan,
Y oigo el ronquido del hambriento tigre
Rodar sobre tu margen solitaria;
Mientras salvaje el grito de los bogas,
Que entre blasfemias sus trabajos cantan,
Vuela á perderse en tus sagradas selvas,
Que aun no conocen la presencia humana.
¡Oh! ¡qué serían sátiros y faunos,
Bailando al son de femeniles flautas,
Sobre la arena que al caimán da vida
En tus ardientes y desiertas playas!
¡Ah! ¡qué serían cerca de los bogas
Que, rebatiendo las callosas palmas,
En el silencio de solemne noche
En derredor de las hogueras danzan!
Debe entenderse que estos bogas son los indios briosos y sufridos, aunque groseros y algo feroces, que se emplean en todas las faenas de la navegación y tráfico por el gran río. Los sátiros y los faunos, el doctor tiene razón, quedan chiquititos al lado de estos bogas, que encienden las hogueras para ahuyentar á las bestias feroces, y que el doctor ha visto
Dando á los aires la robusta espalda
Sobre la arena que marcado habían
De las tortugas la penosa marcha,
Y del caimán la formidable cola,
Y de los tigres la temible garra.
Yo los he visto en derredor del fuego
Danzar al eco de sonora gaita,
Mientras silbaba el huracán del Norte
Sobre tus olas con sañuda rabia.