El cuadro es completo en su sencillez y se ve que está tomado del natural. Allí impera el hombre primitivo, libre, fuerte, luchando con una naturaleza terriblemente poderosa, bella y rebelde.
En vano busca en tu desierta margen
El hombre, que cual leve sombra pasa,
Palacios y ciudades de una hora
Que derrumban del tiempo las pisadas.
Pero, en cambio, ¡cuánta poesía, cuánta libertad y cuánta hermosura, apacible á veces,
Cuando, en un cielo plácido y sin mancha,
Mira la luna en tus remansos bellos
Su faz rotunda de bruñido nácar!
Entonces, al contemplar el poeta el Magdalena,
En sus riberas vírgenes admira
La creación saliendo de la nada,
y piensa que
El hombre libre, que sus redes seca
En tu sublime margen solitaria,
Como en Edén nuestros primeros padres,
Sólo de Dios adora la palabra.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cedros y flores ornan tu ribera
Y aves sin fin que con tus ondas hablan,
En sus variados armoniosos cantos
De tus desiertos la grandeza ensalzan.
Si la pompa y la grandeza de estos desiertos han sido ensalzadas por los poetas colombianos, natural es que lo haya sido más la útil y cómoda beldad de la llanura elevada donde Bogotá se encuentra, y que, por parecerse á Granada, con su Sierra Nevada y con su vega, valió á aquellas regiones el nombre de Nueva Granada.
El prodigioso salto del Tequendama debió ser y ha sido también asunto adecuado y frecuente de la poesía, compitiendo con el Niágara. Ya los indios habían poetizado el Tequendama en su mitología. Nemterequeteba es uno de los nombres del ser sobrenatural, que, como Manco Capac con relación á los peruanos, trajo la civilización á los chibchas, apareciendo entre ellos, estableciendo religión y vida política, y enseñándoles á tejer, á labrar la tierra y á fundir y esculpir el oro, aunque no el hierro, que desconocían.