El río Funca ó Bogotá se desbordó y cubrió la llanura toda. Los hombres, para no morir ahogados, tuvieron que encaramarse y refugiarse en lo alto de las montañas. Y entonces fué cuando Nemterequeteba, hiriendo con su báculo una firmísima roca, abrió paso al agua, que se precipitó por allí con estruendo y como en un abismo. Tal origen tuvo el salto del Tequendama, en la imaginación de los chibchas. Los modernos colombianos le celebran y describen en hermosos versos.
Uno de los cantores del Tequendama es D. José Joaquín Ortiz, de quien tengo que decir lo mismo que de Madiedo, y que de casi todos. Es autor de multitud de obras que no hemos visto por aquí; de novelas, de comedias, de Lecciones de literatura castellana, de muchas Poesías y de un libro titulado Testimonio de la historia y de la filosofía acerca de la divinidad de Jesucristo.
Sus versos al Tequendama son buenos, pero no los citaré para citar otros que me parecen mucho mejores. Y no creo que el Sr. Ortiz se enoje ó se aflija de esta preferencia, como dicen que una vez se enojó y afligió mucho Píndaro de que, en los Juegos Olímpicos, Corina le venciese. En tiempo de Píndaro no se usaba la galantería que ahora se usa, y que tanto resplandece en otros versos del Sr. Ortiz, donde lindamente encomia á sus paisanas. Yo, por otra parte, ya que no cite los versos del Sr. Ortiz á la catarata, he de citar algo de estos otros de que hablé, no sólo por el encomio de las damas colombianas y porque en ellos se alude también al gigantesco salto, sino porque, escritos para una fiesta nacional, y llenos del más ardiente afecto á Colombia, manifiestan profundo amor filial á la antigua metrópoli, amor que nos enorgullece, que procuramos pagar, y que muestran y sienten los hispano-americanos, á pesar de los errores y torpezas en que han incurrido con frecuencia nuestros gobiernos en sus relaciones con aquellas repúblicas.
El Sr. Ortiz quiere cantar á su patria, duda de su estro y dice:
¡Oh! ¡no! para cantarte dignamente
Poderosa no fuera
Del viejo Homero la robusta trompa,
Ni de Marón la lira lisonjera.
¿Y yo he de alzar loándote mi acento,
De tu gran día en la solemne pompa?
¿Qué es la humilde retama
Junto al baobab, patriarca de la selva,
Que su gigante mole saca al cielo?
¿Qué el menguado arroyuelo
Que corre sin rüido,
En la callada soledad perdido.
En medio de los Andes,
Con nuestro poderoso Tequendama,
Que, al arrojarse en el abismo, brama
Atronando el desierto en voces grandes?
Toda esta composición está llena de apasionado lírico arrebato. El poeta, ya anciano, es uno de los últimos testigos de la gloriosa guerra de la independencia, y lamenta las discordias civiles del día, mientras que las hazañas de Bolívar y de los demás libertadores dan á su ánimo afligido
Consuelo celestial con su memoria.
Bolívar es para él tan grande como Colón. Si éste descubre la América, el otro la liberta. Si Colón,
....... el inmortal piloto,
Ve salir lentamente de la espuma,
Como alza el cáliz el fragante loto,
La americana tierra,
y si Colón puede entonces exclamar, ebrio de gozo,