¡Gloria al Señor! ¡He descubierto un mundo!
Bolívar también
Al través de los campos de la muerte,
Llega por fin, de donde el mar recibe
Al Orinoco en amoroso abrazo,
A la cima en que eleva al firmamento
Su frente de granito el Chimborazo,
Y derrama la vista abajo, y mira
Cual salidas del báratro profundo
Cinco grandes naciones,
Y clamar puede al fin, ebrio de gozo,
¡Gloria al Señor! ¡He libertado un mundo!
Pero este mismo anciano poeta, que vió al libertador y que tanto le ensalza, ama á España y nos asegura que no cesó de pensar en ella y de desear la reconciliación.
En esos años de la ausencia fiera,
El recuerdo de España
Seguíamos doquiera.
Todo nos es común: su Dios, el nuestro;
La sangre que circula por sus venas
Y el hermoso lenguaje;
Sus artes, nuestras artes; la armonía
De sus cantos, la nuestra; sus reveses,
Nuestros también, y nuestras
Las glorias de Bailén y de Pavía.
Hasta las mujeres de su país traían al poeta, en su mocedad, el recuerdo y el amor de España:
En el porte elegante,
En el puro perfil de su semblante,
En su mirada ardiente y en el dejo
Meloso de la voz, eran retrato
De sus nobles abuelas;
Copia feliz de gracia soberana,
En que agradablemente se veía
El decoro y nobleza castellana
Y el donaire y la sal de Andalucía.
Quien, á la edad de setenta años, echa aún tan bonitos requiebros á sus paisanas, estoy seguro, repito, de que no ha de afligirse de que se dé á una de ellas la preferencia en lo de cantar el Tequendama. Y no es esto decir que el Sr. Ortiz no sienta y exprese bien la naturaleza, sino que, ante la catarata, fué menos feliz que una poetisa. Ortiz, en su composición A una golondrina, prueba que vale mucho en este género. No me atrevo á decidir si es coincidencia ó imitación; pero, en el corte, en el tono, en la serena melancolía de sus versos A una golondrina, se recuerda á Leopardi, salvo siempre que la fe, que no abandona á Ortiz, quita á sus versos la amarga desesperación que la incredulidad de Leopardi prestaba siempre á cuanto escribía. Hay además en Ortiz no poco de quintanesco y clásico, al ver siempre al hombre y al pensar más en su destino, en su progreso, en su libertad, en su infelicidad ó en su dicha, que en todas las magnificencias de la tierra y de los cielos. Todo esto es para él como el fondo que pinta ligeramente el artista en un cuadro donde campea la figura humana.
En cambio, la ilustre poetisa antioqueña Agripina Montes siente y refleja con gran viveza y vigor la hermosura y sublimidad de los seres inanimados ó inferiores al hombre.
El sentimiento de la naturaleza es en su alma todo lo profundo que puede ser en un alma católica y española; porque la idiosincrasia de nuestra raza pone la propia individualidad por cima de todo, y jamás hubo teósofo español que la disolviese en la inmensidad del Universo, ni místico, y eso que los hemos tenido maravillosos, que la sepultase en el abismo interior del centro del espíritu.