Yo no aclamo, me limito á repetir el grito de admiración con que, en su patria, saludan á doña Agripina, aclamándola Musa del Tequendama. Añadiré además que, por las noticias que me da el colector Añez, D.ª Agripina es una señora guapa, joven aún, que se casó, en muy temprana edad, con D. Miguel del Valle, de quien tuvo numerosa prole, y de quien, en 1886, quedó viuda. Vive consagrada á sus hijos, á par que da lecciones en establecimientos de educación y en casas particulares. En 1887 ha sido nombrada directora de la Escuela normal de Santamarta. El Sr. Añez la celebra por no menos hábil y activa en labores caseras que con la pluma.
Para muestra de esta última y superior habilidad quisiera yo poner aquí toda la oda al Salto; pero no me atrevo á llenar mucho las columnas de El Imparcial, y me limitaré á trasladar á ellas algunos fragmentos.
Aun así, lo dejaré para otro día, porque va ya siendo demasiado extensa esta carta.
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3 de Septiembre de 1888.
IV
Muy estimado señor mío: Yo hago muchos distingos y no afirmo ni niego por completo sino rarísimas veces. Por esto me acusan de escéptico. Pero, en fin, yo soy así, y no lo puedo remediar. La famosa sentencia ut pictura poesis, que en Alemania y en Inglaterra ha sido fundamento de sendas escuelas de poesía, me parece falsa como no se limite mucho.
Hay, debe haber poesía descriptiva, como hay pintura de paisaje; pero la poesía describe de un modo reflejo lo que la pintura pinta de un modo más directo. La poesía vence á la pintura, cuando la poesía describe, no el objeto que se ve, sino la impresión, el sentimiento y la idea que el objeto que se ve produce en lo profundo del alma. En cambio, para conocer bien el objeto, tal como es, ó al menos tal como aparece, la pintura y hasta la fotografía valen más que la poesía más fiel y más pintoresca.