La palabra fría de la prosa, fórmulas aritméticas áridas, nomenclaturas técnicas, dan más cumplido concepto de lo que es cualquier objeto ó fenómeno del mundo exterior que los versos más elocuentes y sublimes.

Heredia, poeta de Cuba; Pérez Bonalde, poeta de Venezuela, han compuesto versos hermosísimos al Niágara. Mas para formar idea del Niágara dice más el que dice: el río se precipita desde una altura de más de 50 metros; contando con la isla de la Cabra, que está en medio, y divide la catarata, la anchura del río, en el lugar en que se precipita, vendrá á ser de 1.300 metros; y el volumen de agua que cae, cada hora, es de noventa mil millones de pies cúbicos ingleses, según los cálculos de Lyell.

No hay oda, ni himno, que haga concebir mejor la grandeza del Niágara. De donde yo infiero que la poesía realista ó naturalista vale poco, y que el verdadero valor de la poesía está, no en lo real, sino en lo ideal, en la pasión en el sentimiento que produce el objeto en el espíritu de quien le contempla: en lo sobrenatural y en lo infinito, cuyo volumen Lyell no calcula: en Dios ó en el diablo que al poeta se le aparece, ó que surge evocado por él del seno agitado y estrepitoso de aquellos noventa mil millones de pies cúbicos por hora, que, desde hace tantos siglos, sin que disminuyan, se van derrumbando á un lado y á otro de la isla de la Cabra.

Siempre he leído con gusto el precioso libro de Víctor de Laprade sobre El sentimiento de la naturaleza; y no porque me ha convencido, sino porque ha corroborado, con todo su saber y su discreción, lo mismo que yo pensaba y sentía. La poesía tiene por objeto al hombre, con todo lo que hay en su espíritu. Su pensamiento, su acción es siempre el asunto. Donde no hay acción humana, la poesía descriptiva se diría que está de sobra; acuden á la memoria los versos de Lope:

En este valle y líquida laguna,
Si he de decir verdad como hombre honrado,
Jamás me sucedió cosa ninguna.

Así es que Homero, guiado por su instinto divino é infalible, no describe, y si describe, la descripción se vuelve acción. No se para Homero á describir las armas de Aquiles, sino que nos lleva á la fragua, y vemos á Vulcano con el martillo y las tenazas; y vemos el oro y el bronce que se derriten, y los fuelles que soplan, y el fuego que arde; y vemos trabajar al dios, y salir de entre sus manos ágiles, y de su maravillosa mente de artista, la fuerte coraza, el penachudo morrión y el estupendo escudo, en cuyas cinco zonas el dios va esculpiendo á nuestra vista, llena de grato asombro, cuanto hay de más hermoso en el cielo y en la tierra.

Con el Tequendama ocurre lo mismo que con el Niágara. Cualquiera descripción en prosa, la de Humboldt, la del matemático Caldas, la del barón de Japurá, dan más cumplida idea que los mejores versos. La masa de agua que se precipita es muy inferior, pero cae de un lugar cerca de cuatro veces más alto. El agua además choca primero contra un banco de piedra, y allí revienta; hierve y se lanza de nuevo en plumas divergentes hacia el abismo. En el fondo es más terrible el choque y no puede mirarse sin horror. Las plumas de agua, las puntas de lanzas, que tal parecen, se despeñan con increíble rapidez y se suceden unas á otras. Al llegar al fondo, cuando no antes, en virtud de su vertiginoso descenso, se desmenuza el agua y se pulveriza, y asciende luego en forma de nubes, que el sol dora y adorna con el iris. Se diría que el Bogotá, acostumbrado á correr por las regiones elevadas de los Andes, baja á pesar suyo á aquella profundidad y quiere otra vez elevarse orgulloso en difusos vapores. Estos vapores asegura Humboldt que se ven desde la ciudad de Bogotá á cinco leguas de distancia.

Después de esto, ¿qué podrá añadir la poetisa; qué ponderación realzará en sus versos la pintura de la catarata? La impresión propia, el vuelo de su espíritu, su humano pensamiento y su elevada fantasía, que entrevé á Dios en el horrendo arco que forma el agua.

Después prosigue la poetisa:

¿Qué buscas en lo ignoto?
¿Cómo, adónde, por quién vas empujado?
Envuelto en los profusos torbellinos
De la hervidora tromba de tu espuma,
E irisado en fantástico espejismo
Con frenesí de ciego terremoto,
Entre tu aérea clámide de bruma,
Te lanzas despeñado,
Gigante volador, sobre el abismo.
Se irgue á tu paso murallón inmoble
Cual vigilante esfinge del Leteo;
Mas de tu ritmo bárbaro al redoble
Vacila con medroso bamboleo.
Y en tanto al pie del pavoroso salto,
Que desgarra sus senos al basalto,
Con tórrida opulencia
En el sonriente y pintoresco valle
Abren las palmas florecida calle.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
La indiana piña de la ardiente vega,
Adorada del sol, de ámbar y de oro,
Sus amarillos búcaros despliega.
Sus ánforas de jugo nectarino
Te ofrece hospitalaria
La guanábana en traje campesino,
A la par que su rica vainillera
El tamarindo tropical desgrana,
Y la silvestre higuera
Reviste al alba su lujosa grana.
Bate del aura al caprichoso giro
Sus granadillas de oro mejicano
Con su plumaje de ópalo y zafiro
La pasionaria en el palmar del llano;
Y el cámbulo deshoja reverente
Sus cálices de fuego en tu corriente.
Miro á lo alto. En la sien de la montaña
Su penacho imperial gozosa baña
La noble águila fiera;
Y espejándose en tu arco de topacio,
Que adereza la luz de cien colores,
Se eleva majestuosa en el espacio
Llevándose un jirón de tus vapores.
Y las mil ignoradas resonancias
Del antro y la floresta,
Y místicas estancias
Do urden alados silfos blanda orquesta,
Como final tributo de reposo
¡Oh émulo del destino!
Ofrece á tu suicidio de coloso
La tierra engalanada en tu camino.