Todo esto es bello; pero en el fondo del cuadro, la figura principal es la misma poetisa. El Tequendama es el pedestal ingente sobre el cual se pone su espíritu

A retocar sus desteñidos sueños.

El desaliento que se apodera del espíritu en presencia de tan grande escena, hace concebir mejor su magnificencia que la descripción más atinada y exacta.

Manzoni, cantando á Napoleón, que al fin era un hombre como él, y por la elevación del pensamiento mucho menor que él, puede decir, sin que nos ofenda la jactancia, que va á entonar un cántico que forse non morrà. Simónides, reviviendo en los versos de Leopardi, puede pedir para sus versos la misma inmortalidad que da la gloria á los trescientos héroes que los versos celebran; pero ante el espectáculo solemne de aquella fuerza ciega, fatal y sin término, el ánimo se apoca. Es además una mujer la que canta, y yo veo algo de amable y de muy delicado en la timidez y desconfianza con que la poetisa predice, engañada por su modestia, que su canto va á morir; que

Así como se pierden á lo lejos,
Blancos al alba y al morir bermejos,
En nívea blonda de la errante nube,
O en chal de la colina,
Los velos primorosos
De tu sutil neblina,
Va en tus ondas mi cántico arrollado
Bajo tu insigne mole confundido,
E, inermes ante el hado,
Canto y cantor sepultará el olvido.

No es de recelar que tal suceda, porque los versos son hermosos y muestran el arte de la poetisa, su viva imaginación y el buen gusto para la dicción poética. Tal vez el bamboleo con que, alucinada ella por un momento, cree que se estremecen y vacilan las inmobles rocas al rudo golpe del agua, parezca á alguien palabra sobrado vulgar; pero es gráfica y está realzada por el epíteto medroso.

La pintura de la vegetación tropical, que se extiende al pie del Salto, no es inferior á la de D. Andrés Bello, que la poetisa recordó é imitó, y aun se puede afirmar que hace más impresión que la de Bello, porque no habla en general de las plantas y flores de la zona tórrida, sino que describe lo que está viendo allí mismo.

No es Agripina Montes la única poetisa de nota que el Parnaso Colombiano nos da á conocer. Hay otras que llaman mucho la atención y se ganan el aprecio y las simpatías de los lectores.

Yo me figuro que en Colombia no deben de ocurrir las varias causas que en España, y sobre todo en Madrid, influyen para que las mujeres no escriban versos. Nuestros padres y abuelos, hartos de los discreteos, latines y tiquis-miquis de las damas de Calderón, condenaron el saber en las mujeres, denigraron á las mujeres sabias con los apodos de licurgas y marisabidillas, y pusieron el ideal femenino en la más crasa ignorancia. Mas tarde, y ya bien entrado este siglo de las luces, volvió la mujer á querer saber y á saber; pero en muchas partes, y sobre todo en Madrid, en las clases elegantes y abastadas, la educación de la mujer fué exótica: en colegios, ingleses ó franceses, con ayas inglesas ó alemanas. De aquí que el castellano fuese en boca de muchas damas la lengua del vulgo, sólo aristocratizada por la pronunciación gangosa de las erres. Si la dama salía aficionada á leer, leía á Musset ó á Lamartine ó á los poetas británicos, y lo español le parecía tonto y cursi, aunque no lo dijese ella. Cuando la dama no salía muy aficionada á leer, como esta vida de Madrid, la high life, es un torbellino de fiestas, toros, bailes y paseos, no había para qué leer ni siquiera por pasatiempo. Al teatro se iba á oir música, y de la dama comm’il faut, si por acaso se allanaba á ir á la comedia, se podía decir lo que ya Iriarte decía de las currutacas de su tiempo:

Aplauden cuando más al tramoyista;
Oyen tal cual chulada del sainete,
Y sirve lo demás de sonsonete,
Mientras que están haciendo una conquista.