De aquí que, con relación á la gracia, chiste, despejo y portentosa facundia de la mujer española, hayan sido muy pocas las que han escrito y han ganado alta fama escribiendo. Y estas pocas han venido casi siempre á este centro, desde el fondo de alguna apartada ciudad de provincia. Así la Avellaneda, de Cuba; Carolina Coronado, de una villa de Extremadura; María Mendoza y Josefa Barrientos, de Málaga; y de la Coruña, doña Emilia Pardo Bazán.
En toda mujer que se lanza en España á ser autora, hay que suponer una valentía superior á la valentía de la Monja-Alférez ó á la de la propia Pentesilea. Cada dandy, si por acaso la encuentra, será contra ella un Aquiles, más para matarla, que para llorar su hermosura después de haberla muerto. Quiero decir, dejando mitologías á un lado, que en la literata suelen ver los solteros algo de anormal y de vitando, de desordenado y de incorrecto, por donde crecen las dificultades para una buena boda, etc., etc. De aquí que, si una jovencita sale aficionada á literatear ó á versificar, ella misma lo oculta como un defecto ó impedimento dirimente, cuando no es la propia familia la que procura ocultarlo. Sólo la más ardiente y firme vocación y un extraordinario mérito pueden sobreponerse á tanto cúmulo de inconvenientes.
Una pícara sentencia de Horacio, cuya falsedad é injusticia, perdóneme Horacio, ofenden al recto juicio, viene á hacer más penosa la situación de toda poetisa: la medianía en versos no la sufren ni los postes. De modo que sufrimos la medianía en la cocinera (y ojalá que la mía fuese siquiera mediana), en la planchadora, en la que borda, en la que dibuja, en la que canta, y sólo para versos es menester que los haga una mujer mejor que Safo, ó que no los haga. Yo declaro esto absurdo. Yo declaro que sufro mejor, no ya un mediano soneto, sino una oda mala, que una camisa mal planchada, que un caldo mal hecho, que un aria mal cantada, ó que una melodía de Chopin chapuceramente tocada en el piano ó en el arpa. Si por temor de hacer mal una cosa no se ha de hacer, la misma razón hay para que una mujer no haga versos, que para que no cante, ó baile, ó toque el piano. En verso se pueden decir tonterías: esto es verdad; pero ¿acaso hablando en prosa no pueden también decirse tonterías? ¿Y hemos de anudar ó cortar la lengua de las mujeres para que no las digan? No niego yo que una tontería, dicha en verso, adquiere cierta consistencia, compromete más, es más solemne, resonante y repercutiente, que en prosa; pero, en cambio, debemos convenir en que, por facilidad que se tenga para hacer versos, y por malos y flojos que los versos sean, no se improvisan tanto, ni salen, ni manan con tanta fluidez y copiosa vena como las tonterías en prosa desatada.
Otro argumento tengo yo en favor de los versos. Reflexiónese bien y no se me rechace por sutil: es muy fundado. Todos, hombres y mujeres, tenemos cierta dosis ó capital de tonterías, que gastamos ó difundimos durante nuestra vida mortal. Ellas han de brotar de nosotros como la flor de la planta. ¿No es mejor, pues, que se digan que no que se hagan? Y al decirlas, ¿no es mejor decirlas con rima y con metro? No niego que así subirá más alto, pero también será más delgada la tontería, como cuando en el caño de la fuente que se desborda ponemos un apretado y más angosto canuto, por donde sube más el surtidor, pero sale también menos líquido.
Es indudable que, en la mujer, el hacer versos presenta otra dificultad más grave; pero yo la allano ó salto por cima. La poesía, la lírica sobre todo, siendo sincera como debe ser para ser buena, es autobiografía del corazón y de la mente: es exhibir el alma al público en su desnudez; y esto parece que lastima algo el pudor y la modestia. ¿Cómo enterar á todo el género humano de tus afectos y pasiones? Pues peor es todavía que le engañes y que supongas lo que no eres. Entonces harás una mala acción, y harás además, de seguro, muy malos versos. La mentira del sentimiento es adversa á toda estética.
No hay más remedio que decir la verdad. ¿Y por qué ha de ser tan costoso é incómodo decirla? ¿A qué, en este punto, el misterio y el recato? Seamos positivistas, como mi amigo Juan Enrique Lagarrigue, en cuya Religión de la Humanidad es el Mandamiento III ó IV, no lo recuerdo bien, vivre au grand jour.
No crea Ud. que es impertinente esta digresión. La traigo aquí para hablar de la sinceridad, de la noble franqueza, de la verdadera poesía íntima y honda que noto y admiro en algunos versos de sus paisanas de Ud., y por cima de todos, en los de Mercedes Flórez. Dicen y afirman cuantos la conocen que es hermosísima mujer; pero á mí, aunque fuese fea, me sería simpática, por la limpia hermosura de su alma y por su candidez generosa. Sus versos sí que son versos íntimos, sentidos y vividos. La palabra casera, que aplicada á la poesía fué hasta hoy despreciativa, tiene, por causa de la poesía de Mercedes Flórez, que adquirir un valor encomiástico.
Los versos caseros y la vida casera de Mercedes Flórez se confunden y son un idilio de verdad. El mismo año que ella, el año de 1859, nació su novio Leonidas. Ella y él se amaron mucho. Como eran pobres ambos, los padres se oponían á la boda; pero ellos prescindieron de todo y se casaron.
Leonidas Flórez es también poeta, y compuso entonces unos lindos y graciosos versos, que se titulan Regalos de boda, y que empiezan:
Nos hemos de casar, pese al demonio.
Ya han agotado todos sus consejos
Nuestros padres contra este matrimonio.
Así son las chocheces de los viejos.