Un cubano, Rafael Merchán, que ha ido á vivir y á escribir entre Uds., ha emitido, en uno de sus más bellos artículos, un juicio de Bécquer, atinadísimo, en mi sentir. Para Merchán, como para nosotros, Bécquer es excelente poeta: de lo mejor que España ha tenido en el siglo XIX. El fondo de su poesía es rico y vario; pero casi siempre están sus composiciones como vaciadas en el mismo molde ó cortadas por el mismo patrón. Esto es lo que constituye la manera, que no niego yo que induce á la imitación. Cuando el poeta imitador adquiere, tal vez sin darse cuenta de ello, la habilidad, el arte ó procedimiento de la manera, hasta sin querer suele seguirla.

Así es como se nota el sabor becquerista en los ya citados versos de Camargo y de Escobar, en otros que no citamos, y (¿por qué no declararlo?) en los que de Ud. colecciona el Sr. Añez, aunque la imitación en ellos es más indecisa y vaga.

En los versos de Ud. se ve que el poeta, ilustrado su entendimiento por no escasa doctrina y por el saber de varias literaturas, no se deja llevar por determinado maestro, y la inspiración sacude todo yugo y se levanta libre de remedo, mostrando su valer propio. Yo, por las pocas muestras que de sus versos de Ud. da el señor Añez, y en vista de la mocedad de Ud., me atrevo á saludarle como buen poeta, augurándole brillantes triunfos en lo futuro. La composición de Ud. titulada Lo que es un nido suscita el recuerdo de La iglesia perdida, de Uhland, aunque en la conclusión, la de Ud. es racionalista y algo panteísta, y la de Uhland fervorosamente cristiana. Á veces, en los instantes de mayor rapto lírico-filosófico, va Ud. más allá de lo justo en los atrevimientos de expresión, influído acaso por Víctor Hugo. Así, por ejemplo:

Y ansiando apocalípticos asombros,
Subí de lo infinito las escalas,
Y asombrado sentí que en mis dos hombros
Se agitaban dos alas,
Y volé como fuera de mí mismo.....
Y crucé los espacios estelares.....
Y comulgué la luz en el abismo
De incógnitos altares.

La peregrinación de su espíritu de Ud. por el éter, su comunión de luz en el abismo, etc., nada está de sobra al considerar que Ud. se propone descubrir dónde se oculta el verbo; pero á la verdad que es triste lo infructuoso de la caminata y lo hondo de la caída, cuando, al volver Ud. de su éxtasis, ve un nido de golondrinas, que será á lo más uno de los mil millones de efectos del verbo, pero que no es el verbo, ni le explica, ni explica nada.

La composición de Ud., Idea y forma, está muy inspirada por Bécquer. En la otra composición, que se titula Confidencia, hay cierta vaguedad misteriosa, que podrá tener hechizo para algunos, pero que á otros los podrá inducir en la creencia de que el poeta no está muy seguro de nada, y de que nada le ha pasado, y de que todo es sueño ó dislate, cuando él mismo ignora si se le ha muerto la novia ó si se le ha casado con otro. Hay en estos versos anhelo de sencillez y naturalidad de lenguaje, que yo apruebo, porque la sencillez y la naturalidad hacen que los versos de amor parezcan más sentidos y vividos; pero, cuando en este estilo sencillo viene á interpolarse alguna palabra ó frase, ó muy ambiciosa ó muy técnica del tecnicismo filosófico, ocurren disonancias de efecto pésimo. Así, por ejemplo, cuando dice Ud. que ella sepulta la frente en el pañuelo, y peor aún cuando pregunta usted si ella le piensa aún con amor.

¿Y cómo entonces con amor me piensas?

Sin duda que, en lenguaje filosófico, las cosas se piensan ó son pensadas; pero, en estilo sencillo y de amores, el amante piensa en su amada y la amada en su amante, y si ambos piensan algún ser, este ser, aunque utilísimo, es muy inferior al ser humano.

Piénselo Ud. bien, y convendrá conmigo en que no debemos desear que las muchachas bonitas nos piensen, sino que piensen en nosotros.

A fin de no hacer interminables estas cartas, voy á prescindir de multitud de poetas de quienes hay obras selectas en el Parnaso, y á citar, como remate, á los cuatro ó cinco que me parecen más inspirados y más llenos de originalidad.