Empezaré por Rafael Pombo, cuyas obras completas siento no conocer. Mi opinión acerca de Pombo tiene también que ser poco fundada; esto es, tiene que fundarse sobre datos muy insuficientes. Hay mil cosas que despiertan la curiosidad al leer sus poesías, y que yo no podría averiguar á no escribir pidiendo noticias, ó á Colombia, ó á París, donde hay muchos colombianos. La romanza del rey Asuero y el aria de don Rodrigo, en las óperas Ester y Florinda, implican que existen estas óperas, y un compositor colombiano, que se llama el maestro Ponce de León, é implican que Pombo ha escrito enteros ambos librettos. Yo sé, porque lo dice el señor Añez, que Pombo ha publicado Cuentos pintados y Cuentos morales para niños, y que son tan populares y famosos, que se los saben de memoria casi todos los niños de la América española. Y si esto es así, yo me pregunto: ¿cómo es que en España, donde tan pobre es esta clase de literatura para niños, no han penetrado los tales cuentos y no se ha hecho de ellos alguna edición?

Colócase también á Rafael Pombo entre los mejores traductores de Horacio. Dice Añez que el eminente Menéndez Pelayo da gran valer á su traducción, pero no nos dice si es ó no completa. Yo lo ignoro, y buscando además en el Horacio en España lo que dice Menéndez de Pombo, nada he hallado. Tal vez sea una edición posterior á la que yo tengo. En la que yo tengo, aun no conocía Menéndez sino poquísimo de la poesía hispano-americana contemporánea, lamentándose de que no exista historia de la literatura de la América española, ni aun colección de poetas americanos medianamente hecha. Se ve que entonces aún no había leído Menéndez sino el tomito, publicado en Leipzig por Brockhaus, que encierra, en su harto severo sentir, «piezas detestables que no pueden pasar por buenas ni en América ni en parte alguna del mundo civilizado».

Volviendo á Pombo, diré que, como otros varios americanos de nuestra raza, ha ejercido muchas profesiones en su vida de acción, y en su vida especulativa ha estudiado y escrito de todo. Pombo es ingeniero civil; ha sido militar, y profesor, y diplomático, y periodista; y como escritor, es polígrafo. Contraigámonos aquí á hablar de él sólo como poeta. Su lira posee todas las cuerdas y todos los tonos: es mística, erótica, elegíaca, jocosa, satírica y descriptiva; pero ni siquiera conocemos una muestra de cada género.

En lo que conocemos hay originalidad, naturalidad y gracia. Sus redondillas al bambuco, que llegan á ochenta, muestran cuán fácil y abundante es el autor, sin pecar de pesado ni de rastrero. La música y la danza del bambuco están muy bien calificadas, y ponderadas con chiste todas sus excelencias y la desapoderada afición que le tienen los colombianos:

Porque ha fundido aquel aire
La indiana melancolía
Con la africana ardentía
Y el guapo andaluz donaire.
Su ritmo vago y traidor
Desespera á los maestros;
Pero acá nacemos diestros
Y con patente de autor.
. . . . . . . . . . . . .
Hay en él más poesía,
Riqueza, verdad, ternura,
Que en mucha docta obertura
Y mística sinfonía.
Y así respóndele fiel
El corazón donde llega:
Con él el alegre juega
Y el triste llora con él.
Mágico el más obediente,
Camaleón musical,
Siempre el mismo original,
Pero siempre diferente.
Eterna variación
En que hallamos por instinto
Acento propio y distinto
Para cada sensación.
. . . . . . . . . . . . .
Y si ordenase un tirano
La abolición del bambuco,
Pronto viera cuán caduco
Es todo poder humano.

Aun es más linda, en la misma composición, la pintura de una fiesta popular al aire libre, en que se baila el bambuco.

Era una noche de aquellas
Noches de la patria mía
Que bien pudiera ser día
Donde no hay noches como ellas.
El terciopelo mejor
Al del cielo no igualaba;
Ni estrella alguna faltaba
A la gran cita de amor.
Oíanse los bramidos
Del Cauca y sus reventones
Como enjambre de leones
Celosos y mal dormidos.
Y el aura circunvolante
Embalsamaba el lugar
De albahaca y de azahar
Y de jazmín embriagante.
Yapangas que por modelo
Las quisiera un escultor,
Giraban al resplandor
De las lámparas del cielo.
De indianas y de españolas
Las perfecciones lucían,
Tan lindas que parecían
Enamorarse ellas solas.
Bajo una gran cabellera
Un blanco busto imperial.
Y una forma amplia y cabal
Cuanto elástica y ligera.
Rica tez, mórbido pecho,
Nada de afeite ó falsía:
Que el arte no enmendaría
Lo que hizo Dios tan bien hecho.

Los versos, bien hechos también y sin afeite ni falsía como las yapangas, siguen adelante; pero yo no puedo citarlos todos. Dejemos, pues, bailar á las yapangas, que

Ya evitan á su mitad
Y ya le buscan festivas,
Provocadoras ó esquivas
Como la felicidad,

y cambiemos de escena. Pasemos volando, desde las orillas del Cauca á las del Hudson, y pongámonos en la Broadway ó Calle Ancha de Nueva York. Nuestro poeta se entusiasma más aún, si cabe, que por las yapangas, por todas las misses yankees que por allí se pasean. Verdad es que empieza por ensalzar á las españolas bonitas de Ambos Mundos. Ni pueden quejarse las limeñas, en cuyos ojos dan aún los hombres culto al astro de Manco Capac, ni las sirenas de Maracaibo, ni las sílfides de Cuba, ni las huríes de Chile, de corazón volcánico; ni las argentinas, tremendas en toda lid; ni otras muchas, de diversos países, á quienes el poeta, con tino, gala y primor, va calificando. Pero todo esto se olvida, porque el hombre es ingrato, y la sangre española es pólvora, y las yankees, que pasean en la Broadway, forman una legión fulminante, que prende fuego á los corazones, y se los anexiona, y quema todos los títulos de propiedad, memorias, y demás documentos y compromisos.