Los que no me creáis, los que entre lágrimas
Eterno amor jurasteis al partir
A la que, ondeando el pañuelito, cándida
Desde la playa os quiso bendecir,
Venid, llegad, y bajo el níveo pórtico
Del imperial Saint Nicholas Hotel,
Donde se alivia el trovador nostálgico
Y se llora la ausencia última vez,
Ved desfilar el majestuoso ejército
Que anida en sus cuarteles Nueva York.....

En la pintura del tal ejército, Pombo se muestra sinceramente inspirado. Allá van algunas estrofas, aunque sea saltando:

Para ataviar á esta legión seráfica,
Todo el mundo, Este, Oeste, Norte y Sur,
Viene á verter la copa de sus dádivas
Que puja el oro en arrogante albur.
Blondas que teje para reinas Bélgica
Realzando senos de alabastro van,
Y nido á cuellos de nevada tórtola
Da con sus chales la opulenta Iram.
Ondas de seda de Damasco espléndida,
Que el musnud no ajaría en el harem,
Barren el polvo..... haciendo aquella música
Que suspiran las aguas del Zemzem.
Y para estos cabellos, á sus náyades
Robó tan ricas perlas Panamá,
Y á sus zafíreas mariposas fúlgidas
Sus lechos de esmeraldas Bogotá.
. . . . . . . . . . . . .
¡Ah! cada hermosa es un amable autócrata,
Ley su sonrisa, sus palabras ley,
Y una marcha triunfal entre sus súbditos
Cada excursión por la imperial Broadway.
Los fieros amos de la Gran República
Son sus siervos humildes: ¡ya se ve!
¿Quién no lo fuera de tan lindos déspotas?
¿Y quién podrá decir no lo seré?

Los versos serios de Pombo son aún más bellos que los ligeros y jocosos. En Preludio de primavera, ni imita el poeta á nadie, ni parece que lleva ninguna intención literaria. Se diría que canta sin querer, excitado por sentimientos dulcísimos y por las primeras auras vernales, después de un invierno rigoroso de Nueva York.

¡Oh qué brisa tan dulce! Va diciendo:
«Yo traeré miel al cáliz de las flores:
Y á su rico festín ya irán viniendo
Mis veraneros huéspedes cantores.»
¡Qué luz tan deliciosa! Es cada rayo
Larga mirada intensa de cariño;
Sacude el cuerpo su letal desmayo,
Y el corazón se siente otra vez niño.
Esta es la luz que rompe generosa
Sus cadenas de hielo á los torrentes
Y devuelve su plática armoniosa
Y su alba espuma á las dormidas fuentes.
Esta es la luz que pinta los jardines
Y en ricas tintas la creación retoca;
La que devuelve al rostro los carmines
Y las francas sonrisas á la boca.
. . . . . . . . . . . . .
Al fin soltó su garra áspera y fría
El concentrado y taciturno invierno,
Y entran en comunión de simpatía
Nuestro mundo interior y el mundo externo.
Como ágil prisionero pajarillo
Se nos escapa el corazón cantando,
Y otro como él, y un verde bosquecillo
En alegre inquietud anda buscando.
. . . . . . . . . . . . .
Tú, que aun eres feliz; tú, en cuyo seno
Preludia el corazón su Abril florido,
Vaso edenal sin gota de veneno,
Alma que ignoras decepción y olvido;
Deja, oh paloma, el nido acostumbrado
Enfrente de la inútil chimenea;
Ven á mirar el sol resucitado
Y el milagro de luz que nos rodea.
Ven á ver cómo entre su blanca y pura
Nieve, imagen de ti resplandeciente,
También á par de ti la gran Natura
Su dulce Abril con júbilo presiente.
No verás flores. Tus hermanas bellas
Luego vendrán, cuando en el campo jueguen
Los niños coronándose con ellas;
Cuando á beber su miel las aves lleguen.
Verás un campo azul, limpio, infinito,
Y otro á sus pies de tornasol de plata,
Donde, como en tu frente, angel bendito,
La gloria de los cielos se retrata.

En toda esta composición, de que citamos trozos, sería tan fácil cuanto ingrata tarea señalar algunos defectos; pero todo se perdona en gracia de la espontaneidad y del sincero, puro y profundo sentir con que está el asunto comprendido y expresado. Lo que sobre todo es de admirar en Pombo es la sencillez, al parecer al menos sin arte, con que dice cosas muy bellas, que por lo mismo que están dichas tan sencillamente parecen más bellas y penetran mejor y más hondo en el alma. En París, sin duda, aunque el poeta no lo declara, compuso unos versos á una joven que se suicidó arrojándose en el Sena. La sacan muerta del río y exclama el poeta:

¡Ni una burla, ni un agravio
Le hagan mente, ó tacto, ó labio!
Pensad de ella como hermanos,
Como débiles humanos;
Pensad sólo en sus angustias
Y sus manchas olvidad.
¿Qué hay en esas formas mustias
Que no implore caridad?
No hagáis honda, cruel pesquisa
Del conflicto que insumisa
La encontró con el deber:
Ya la muerte en su torrente
Llevó el fango, y solamente
Queda el oro de su ser.

Es singular que otro poeta colombiano, Hermógenes Saravia, haya tratado muy bien, aunque por diverso estilo, un asunto semejante. Es una actriz, en su primera juventud, María Herrera, española tal vez, que va á Colombia y allí se envenena. Allí, como le dice el poeta:

De tu guirnalda destrozando el lazo,
Levantas ¡ay! la copa del suicida,
Y el don horrible de la amarga vida
Llorando vas á devolver á Dios.

La composición está llena de bellos sentimientos e ideas briosamente expresados: