—Para escribir, por otra parte—añadía Doña Ana,—alguna obra en prosa ó en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí que en la corte.
—En eso no cabe duda,—tenía que contestar el Doctor Faustino.
—Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones á tu anciana y cariñosa madre.
El Doctor se dejaba convencer á fuerza de ruegos y caricias. Reconocía que, de irse, se exponía á consumir en cinco ó seis meses todo su miserable caudal, quedándose luego á pedir limosna. Bajaba la cabeza y sonreía melancólicamente.
Cuando estaba solo decía entre sí:
—Vamos,—¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!
La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:
—Este hijo mío (no me engaña el amor de madre) es hermoso de alma y de cuerpo, elegante, gallardo; parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir, como no sea para ser su propio tormento.