III.
PLAN DE DOÑA ANA
Un año hacía que el Doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba en ir á Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi de diario, con variaciones y ampliaciones, pero con la misma substancia, se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el capítulo anterior.
La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas doctorales; el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo propio. Ni siquiera de majo se vestía el Doctor Faustino. No veía á nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su persona, y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y en el invierno, envuelto en su capa.
Era el Doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.
Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más fantasía, valiéndonos de los términos mismo del lugar.
El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy rico con su profesión y dando dinero á premio. Rosita y Ramoncita, sus dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto entono y autoridad, que más tarde, cuando llegó á establecerse la Guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dió á Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta ahora son designadas.
Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado Doctor. Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y en vista de lo poco ó nada que le valía el haber estudiado ambos Derechos, le llamaban también el abogado Peperri.
El Doctor no parecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza, sino que daba largos paseos á pie por los andurriales y vericuetos más solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón, desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era aquel cerro tan estéril y pedregoso, que sólo producía algunas matas ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y de un sólo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo, multitud de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al Doctor, llamándole el Conde de las Esparragueras de la Atalaya.
No faltaba quien informase al Doctor de todas estas burlas; pero el Doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las Civiles con una sonrisa, sin dignarse siquiera tomar represalias y decir alguna burla contra ellas.