El Doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un fin práctico.
En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el Doctor lo sabía todo, ó sea de que la ciencia humana era vanidad, y de que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se hallaba entonces. Soñaba, pues, el Doctor con entrar en relación con los espíritus. Si él llegaba á conseguir esto, lo mismo le daba vivir en Villabermeja, que en París ó en Londres; desistía del empeño de ir á Madrid.
Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de veintitantos años, hablaban poderosamente al corazón del Doctor y le excitaban á ir á Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitaba sus versos, que ya serían excelentes, ó cuando pronunciase un discurso, mejor que los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado á un caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían con viveza á su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia de dinero derribaba tales castillos en el aire. El Doctor se juzgaba más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la plebeya inopia. El Doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las décimas de
Apurar, cielos, pretendo...
—¡Qué lástima—pensaba Doña Ana,—que este hijo mío no logre vencer sus sueños de ambición y no se resigne á vivir á mi lado! ¿Dónde hallará quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que entre estos fieles y antiguos servidores de su casa, y aun entre todos los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: «Vaya su merced con Dios, nostramo.»—«Dios bendiga á su merced, señorito?»—Un dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros,» pronunciado aquí por mi hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte á componer en Madrid.
—Además, ¿qué le falta aquí á mi hijo?—seguía cavilando Doña Ana.
Y en verdad que, en cierto modo, le sobraba razón.
La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era por dentro espaciosa y cómoda.
Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El Doctor, con toda independencia, en el piso bajo.
Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal, cubiertos de cuero labrado ó guadamaciles, y exornados con tachuelas de bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y vasos de China.