Más en lo interior había otra sala sin más muebles que un tablado para tirar al sable y al florete y un trapecio para hacer ejercicios gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo, floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes ó manoplas, y en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón, con asideros, para levantarlas á pulso.
La biblioteca y el gabinete de estudio del Doctor ocupaban otra tercera sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado Comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la educación de Doña Ana, ó adquirió ella del clérigo francés, eran como el contraveneno de los libros del Comendador Mendoza. Allí estaban las refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban El hombre feliz, el Eusebio y El Evangelio en triunfo. Había en otro lado algunos libros de la carrera del Doctor, y grande abundancia de libros antiguos, castizos, españoles, desde las Epístolas familiares del Obispo de Mondoñedo, hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban la biblioteca todas las obras de Medicina, Química y otras ciencias naturales, que el Doctor Faustino había comprado á la viuda de un médico muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar, el año de 1834.
En la alcoba donde dormía el Doctor había otro estante, que contenía á los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y Arolas.
Pero aun había otro cuarto en que el Doctor permanecía más, sobre todo en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores; no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina ó chimenea de campana, en cuyo fogón podía arder, y ardía con frecuencia, medio olivo, mucha pasta de orujo, y gavillas enteras de secos sarmientos.
La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del muro más de una vara, y daba lugar, á un lado y otro, á dos rincones cómodos, donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba el Doctor horas y horas escribiendo, leyendo ó meditando. En la pared había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos palitroques, que también salían, ó más bien se apartaban de la pared, de modo que el Doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre la mesa los papeles, el tintero y los libros.
En el sillón de enfrente solía venir á sentarse Doña Ana para conversar con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones acababan á veces de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos traseros en torno del hogar.
No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.
Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el Doctor en ir á Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y anchura?
En cuanto al regalo del pico, poco ó nada tenía que envidiar tampoco, á pesar de su pobreza. Sin ir al mercado, había en casa de todo, merced á la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega; exquisitos jamones, morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil artículos de matanza, condimentado todo por Doña Ana; un palomar de palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería, que rendían tributo de miel olorosa; frutas á manta, y un corral lleno de conejos, gallinas, pavos y patos que se alimentaban con las echaduras del trigo y otras semillas.
Todo esto, á pesar de las dudas y miserias de la casa, podía sostenerse aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de Doña Ana, que no había cosa de que no cuidase.