—Costancita se va á burlar de mí. De seguro que ha visto los tres mulos de reata que venían en pos de nosotros. Sin duda que estará diciendo: ¿Qué traerán aquellos mulos? ¿Qué ocultarán aquellos serones y cofines? Tal vez repetirá, en prosa, el verso de La Gatomaquia:

¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?

Cruelísima carcajada va á soltar cuando su tía Araceli le envíe de mi parte gachas de mosto y arrope y empanadas de boquerones. ¡No falta más sino que yo haga la advertencia que me encargó mi madre que hiciera! Mi madre me encargó que hiciera la advertencia de que estas empanadas no se toman con chocolate... Pero, señor, ¿y por qué no han de tomarse con chocolate? Pues lo que es á mí me gustan. No pocas veces, á pesar de su picadillo de cebollas y tomates, me he sacado con ellas, á pulso, un par de jícaras bien hondas. Con todo, mejor hubiera sido no traer las empanadas. ¿Me callaré que he traído los comestibles, y se los cederé á Respetilla para que los devore? Tampoco. ¡No, y mil veces no! Respetilla es interesado, y podría poner con ellos tienda en la feria, y hasta suponer que era por cuenta mía, y que el alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja se había metido á bodegonero.

Así cavilaba y se contradecía el Doctor, cuando entró Respetilla, cargado con los baúles.

—¿Dónde vienen los uniformes?—preguntó el Doctor en voz baja, no hiciese el diablo que le oyeran.

—En este baúl—dijo Respetilla señalando el mayor.—¿Saco el de lancero para que su merced vaya de lancero á ver á su prima?

—No, maldito de Dios. No saques ni el de lancero ni el de maestrante. No digas siquiera que has traído tales uniformes.

—Pues qué, ¿no le gusta á la señorita la gente de tropa?

—No, no le gusta. Guárdate bien de decir que he traído los uniformes.

—Válgame Dios—añadió Respetilla,—pues si á la señorita no le gusta la vestimenta militar, ¿por qué no trajo su merced aquellos arreos de doctor?