—Porque tampoco le gustan aquellos arreos.

—Entonces, ¿qué arreos le gustan?

—Yo no sé. Ningunos.

—Pues todo aquello de doctor es muy vistoso. ¡A fe que lo celebraron poco el cura y el médico, el día en que su merced se lo puso para que le viesen en casa!

—No digas simplicidades. Cuenta con charlar aquí. Que no sepan que yo me vestí de doctor en Villabermeja para que me viesen el médico y el cura.

—Toma... ¡y qué mal hay en eso! Y el ama Vicenta también quiso ver á su merced, y su merced se volvió á poner otro día el bonete y el ropón negro y la esclavina colorada. Por señas que el ama dijo á su merced: ¡Ay hijo mío, qué hermoso estás así: te voy á comer á besos! ¿Quién me había de haber dicho que se criaría á mis pechos un doctor tan resalado?

—Bien, bien; pero aquí no está el ama que me crió; y como en cada tierra hay sus usos, y como esto se parece más á Granada que á nuestro lugar, conviene obrar con circunspección. Lo que en Villabermeja fué una condescendencia inocente, lícita y hasta indispensable, aquí podría pasar por una tontería. No hables á nadie tampoco del traje de doctor.

—¿Pues de qué hablo?

—De nada. De tí mismo. ¿Qué necesidad tienes de hablar de mí? Cállate.

Respetilla se calló, y su amo se lavó y vistió con pantalones, levita y chaleco.