Cuando le llamaron al comedor, y durante la comida le dijo Doña Araceli que Respetilla le había entregado el presente de su madre, al Doctor se le quitó un peso de encima.

Doña Araceli, sin la menor ironía, elogió el arrope y las gachas y todo lo demás, incluso las empanadas, y dijo que había enviado gran parte á su sobrina, á quien gustaban mucho aquellas cosas.

El Doctor se avergonzó entonces por un motivo contrario. Creyó que había tenido una mala vergüenza del lugar en que había nacido, del presente, y hasta de su madre que le enviaba. Lo cierto es que la esencia de esto que llaman ahora cursi está en el exagerado temor de parecerlo.

Mientras que el Doctor había estado pensando y haciendo cuanto queda dicho, su prima Doña Costanza tenía con su padre, que acababa de llegar del campo, el siguiente coloquio:

—¡Dios te guarde, muchacha!—dijo D. Alonso, entrando en el cuarto de su hija, sin haberse aún descalzado las espuelas.—¿Llegó por fin Faustinito, como anunciaba mi prima Ana?

—Sí; papá: llegó Faustinito.

—¿Saliste á recibirle con tu tía? ¿Le viste y le hablaste?

—Sí, papá.

D. Alonso miró atentamente á su hija, como si quisiese descubrir en la mirada el efecto que había hecho el primo.

Importa advertir aquí que D. Alonso era el padre más amoroso que puede imaginarse. Su hija le dominaba y hacía de él lo que quería. Nada amaba D. Alonso tanto en el mundo, si se exceptuaba su dinero. Su dinero y su hija eran sus dos amores, y los dos fundamentos de su desmedido orgullo. Lo mismo que se dejaba dominar por la codicia, se dejaba dominar por el amor paternal. No había sacrificio que no hiciese por ganar dinero. No había capricho de su hija á que no se prestase, como no hubiese que sacrificar el dinero que había ganado.