D. Alonso era brusco, censurador, enemigo de todo compromiso y de toda ligereza; pero, refunfuñando y rabiando, pasaba por todo como se empeñase su hija.
—Siento que haya venido ese chico—dijo al cabo de un rato D. Alonso.—Te he aconsejado mil veces que no le hicieses venir; pero tú no haces caso de mis consejos. Eres loca de atar.
—¿Y qué locura hay en haberle hecho venir? ¡Vaya, papá bonito, no estés tan desabrido conmigo!
—¿Cómo que no hay locura? Mi sobrino es mi sobrino, y no es ningún mono para que tú te diviertas.
—Mira, papá, ¿de dónde infieres tú que yo gusto de monos para divertirme, ni que lo sea Faustinito, ni que yo quiera divertirme con él, en mal sentido se entiende? Porque, lo que es en buen sentido, él es mono, y quizás, quizás acabe por divertirme yo con él más de lo que crees. ¿Por qué no he de enamorarme de él y darle mi blanca mano?
—Aunque dice el refrán que quien habla mal de la pera es quien se la lleva, no puedo creer que hables con formalidad. Pues qué, ¿será tal el Faustino vivo que logre inspirarte amor, después de haberte dado tanto que reir en efigie? Aquí, donde nadie nos oye, confiesa que le has hecho venir por curiosidad y por gana de burlas y risas.
—Bien, ¿y qué? Lo confieso. ¿Dónde está el pecado? Figúrate que Faustinito ha venido para mi recreo durante la feria. ¿Qué hueso se le rompe? ¿Qué tormento se le da? ¿De qué soga se le ahorca? ¿A qué palabra se le falta?
—Pero, hija mía, ¿no es un pecado burlarse así de un pobre muchacho? Tu tía Araceli, á quien debes heredar y que ha tomado el negocio de buena fe y por lo serio, ¿no se picará si llega á entender tu malicia?
—No, papá, porque estos pecadillos míos no se los digo á nadie más que á tí, porque para tí no tengo secretos. Por otra parte, lo repito con seriedad, me he llevado chasco. No te diré que me voy á enamorar del primo; pero, al verle, no le he hallado ridículo como en el retrato. ¿Quieres creer que es guapo mozo? Y no parece tonto ni ordinario. En fin, ya le veremos con más detención esta noche. La tía le traerá á casa de tertulia. ¡Ah! se me olvidaba. El infeliz nos ha enviado una infinidad de chucherías de su lugar, que ya he mandado poner en la despensa. Y monta bien á caballo. Y la jaca castaña que trae no es ningún jamelgo.
—¿Y qué tal se explica?—preguntó D. Alonso.