—Muy bien se explica,—respondió Doña Costanza.

—¡Eres muy original, hija mía; eres muy original!

—¿Y por qué soy original? ¿Qué das á entender con eso?

—Doy á entender que me haces pasar de Herodes á Pilatos. Yo no quería que nos burlásemos de Faustino, y que nos indispusiésemos con la familia, y que hiciésemos una afrenta á nuestra propia sangre y casta; pero, la verdad, tampoco quisiera que acabases por enamorarte de un hombre más perdido que las ratas, y que tal vez no sirva para cosa alguna, sino para comerse lo que yo te dé. Pues no creas que es mucho. La fama es mentirosa y ponderativa. En dinero y calidad, la mitad de la mitad. ¿Qué piensas tú que podré yo darte? Harto sabes lo malas que han sido en estos últimos años las cosechas de trigo y de aceituna. El Gobierno nos saca el redaño á fuerza de contribuciones. Todo se lo tragan en Madrid. Aquello es un sumidero de caudales. Vamos, ¿qué piensas tú que podré yo darte?

—¿Y qué sé yo, papá? Tú me darás cuanto yo te pida. ¿Pues qué me negarás, queriéndome tanto?

—No es que yo te niegue nada, sino que no tengo mucho. No te figures que tu papá es un Creso. Lo más que podré darte son tres mil duritos de renta. Para vivir aquí hay de sobra; pero si quieres ir á Madrid ó á Sevilla, esto es poquísimo, y no hay que contar con más en mucho tiempo. Yo estoy robusto y pienso vivir veinte años lo menos todavía.

—Ojalá me vivas mientras yo viva. Pues qué, ¿no te quiero yo con todo mi corazón?

—Sí, me quieres. Ya lo creo que me quieres; pero no eres dócil, haces cuanto disparate te pasa por la cabeza: estás demasiado mimada. En fin, no vayas á enamorarte ahora de ese descamisado de Doctor Faustino.

—Entonces me burlaré de él, y afrentaré á mi familia, á mi sangre y á mi casta, y se picará la tía Araceli, á quien debo heredar.

—Pues no te burles de él tampoco.