—Mira, papá: esto, he leído yo en no sé qué librote que se llama un dilema. Tiene dos términos: ó burlarme ó casarme. ¿Qué prefieres?
—Niega tal dilema. Conviértele en trilema ó en cuatrilema. Añádele el término de no coquetear ni marear al primo y de que se vuelva sosegado y contento á su casa cuando pase la feria, ó añádele el término de desengañarle suavemente, si se empeña en enamorarte, y no te burles ni te cases.
—No me vengas con sofisterías, papá; aquí no hay más que dilema y archi-dilema; ó boda ó burla. ¿Sería poca burla pagar sus chucherías al pobre primo dándole calabazas enconfitadas?
Apurados todos los recursos de su dialéctica, D. Alonso se calló, reconociendo tácitamente la existencia del dilema y dando un beso en la frente á Doña Costanza.
Ella, en cambio, hizo á su padre el lazo de la corbata, le dió cuatro ó seis palmaditas en el carrillo y le acarició, por último, la calva con una fuga de besos sonoros, mientras que le tenía asida la cabeza entre sus manos blancas y suaves.
D. Alonso, en aquel instante, se sintió tan feliz y tan amado por su hija, que le hubiera dado, en vez de los tres mil, hasta cuatro mil duros de renta. Lo que no le hacía gracia era que Costancita pensase, ni de broma, en casarse con el Doctor Faustino; pero se consolaba con creer que el tal proyecto no podía pasar de ser una broma, y sólo temía que fuese algo pesada.