Dos ó tres veces me ha interrogado como para examinar mi capacidad, medir mis fuerzas y calcular qué se puede esperar de mí. Ignoro si el resultado de estos exámenes me ha sido favorable ó adverso. Bajo las apariencias de franqueza lugareña y de inocencia rústica y campechana, tiene el tío, á mi ver, mucha recámara y disimulo.
»No hablo á V. de la tertulia diaria de casa del tío, pues es como todas. Los viejos juegan al tresillo; los jóvenes arman duos amorosos ó se divierten contando chismes. Costancita parece una emperatriz. Dos ó tres amigas están junto á ella, como si fueran sus damas de honor ó su servidumbre, y luego se forma en torno un ancho círculo de admiradores.
»Al punto se advierte que todos la adoran, sin que la deidad adorada haga el menor favor, salvo el de agradecer los rendimientos y adoraciones con alguna mirada piadosa ó con alguna dulce sonrisa. Á Costancita se le graba y ahonda, cuando sonríe, un precioso hoyuelo en la mejilla izquierda, y enseña, además, unos dientes blanquísimos.
»No se ha proporcionado ocasión, en dos días, de que yo hable con ella á solas. Casi me alegro. Costancita me ha inspirado cierto respeto y consideración, tal vez porque es mi prima, y no quisiera profanar el amor, hablándole de amor, antes de estar cierto de que la amo.
»Cuando yo no sé aún si la amo, ¿cómo he de saber si me ama ella? Me echa miradas muy cariñosas; pero no acierto á calcular todo el valor y significado de estas miradas. Creo que á ninguno de los admiradores se las dirige tan significativas; pero como el amor propio puede engañarme, siempre estoy espiándola á ver si mira á algún otro del mismo modo que á mí.
»Ella no cae en la cuenta de que yo la espío. Hay en ella mucho candor infantil. Reina en su conversación singular hechizo. ¡Qué melindres los suyos! ¡Qué inocentadas! Parece una criatura de siete años.
»Y no obstante, ¡si viera V. con qué discreción habla en ocasiones, qué cosas tan sutiles dice, cómo remeda á éste ó se burla de aquél, y con qué travesura y desenfado lo hace todo! El tío Alonso se queda embobado oyendo y viendo las que él llama maldades de su diablillo. Yo no extraño esto, porque la chica es tan viva y tan graciosa, que aun sin que sea á su padre puede embobar á cualquiera.
»Al principio (ya V. sabe lo receloso que yo soy) empecé á temer que Costanza fuese una niña muy consentida, mala de carácter y fría de corazón; pero ya creo que no: ya creo que es buena.
»¡Si oyera V. con qué voz tan argentina y con qué acento tan blando me llama primito!
»En la tertulia, en medio de sus admiradores, me distingue y considera mucho, y me saca conversación á propósito para que yo pueda lucirme, y me anima y me aprueba cuando digo algo que le parece bien.