»Me ha hecho varios cumplimientos muy naturales y sentidos, que me han lisonjeado. Me ha dicho que monto muy bien á caballo, y que sé contar cosas muy entretenidas y amenas.

»Hasta llega á asegurar que las empanadas de boquerones que hacen en Villabermeja le saben á gloria, y que de las que yo he traído, se regala tomando una diaria con el chocolate del desayuno.

»Me ha preguntado por las curiosidades de ese lugar, y unas veces ha celebrado con risa mis contestaciones, cuando eran para reir; otras veces las ha oído con mucho interés, cuando eran serias. Ha querido saber, por ejemplo, si era muy grande el castillo; si el Comendador Mendoza seguía penando en los desvanes de casa; si en Villabermeja roncan al hablar como en Jaén ó gastan otro linaje de ronquidos; y, por último, si nuestro Santo Patrono sigue haciendo milagros ó vive ocioso en el cielo. Acerca de este punto le contesté dando involuntariamente á mis palabras cierto tinte vago de libre pensador, y afirmando que el Santo Patrono no trabaja ahora; pero pronto me contuve, notando la severidad y el disgusto con que me oyó Costancita, de quien he sabido además, por tía Araceli, que es fervorosa creyente. En efecto, en aquella frente serena, en aquellos ojos que destellan luz inmortal, y en todo aquel ser delicado, elegante, etéreo y armónico, se está revelando que vive un espíritu lleno del más puro idealismo.

»Ni con la tía Araceli he querido hablar de proyecto de boda. Tampoco la tía me ha hablado. Es menester antes que yo me enamore de Costancita y que Costancita se enamore de mí. Entonces todo será natural y decoroso. Una gran pasión todo lo justifica. Pero así, sin pasión, ¿cómo he de tratar yo de matrimonio? ¿Qué puedo ofrecer á mi prima? Un caudal de esperanzas y de ilusiones.

»Siempre que siento la tentación de hablar de boda, siquiera con la tía, recuerdo cierto cuentecillo, y la tentación se me pasa. Recuerdo á aquel novio que dijo que si su futura llevaba para comer, él llevaría para cenar; pero, cuando se casaron y comieron ricamente, llegada la hora de la cena, el novio salió con que no era ningún buitre, y con que, si comía bien, jamás cenaba. Así tendría yo que hacer con Costancita, como no le ofreciese para cena mis ilusiones, ó como no la obligase á vivir á Villabermeja, en un perpetuo idilio, donde, con los zuritos de la casería, con los conejos, pavos, gallinas y pollos de nuestro corral, con la caza, con la miel de nuestras colmenas, con las uvas de nuestras viñas, con nuestro vino y aceite, y con cuanto V. prepara y guarda en la despensa, basta y sobra para un rústico banquete diario, digno de García del Castañar y de su fiel, enamorada y linda esposa.

»Mas para esto son inútiles todas las riquezas de Costancita... ¿Qué digo son inútiles? Son perjudiciales. Rica heredera, lisonjeada de hermosa, con la conciencia de su natural distinción, de su poder, de su gallardía y de su elegancia, Costancita querrá ir á las grandes ciudades y brillar en ellas, y tendrá tambien sus esperanzas y sus ilusiones, que nunca desechará como no se prende de mí y llegue á adorarme. Y si se prenda de mí y llega á adorarme, ¿qué razón hay para quedarnos en Villabermeja, teniendo Costancita dinero con que vivir en Madrid, donde justificaré yo su amor y el gran concepto que ella forme de mí, encumbrándome por todos estilos? Resulta, pues, que ora me quiera, ora no me quiera Costancita, es imposible realizar con ella un idilio bermejino. Para este idilio importaba encontrar una Costancita tan pobre como yo ó más pobre.

»Y aquí me pregunto: ¿tengo vocación para hacer este idilio? Si Costancita fuese pobre, más pobre que yo, y me amara, ¿la amaría mi alma y olvidaría por ella todo otro anhelo, y hundiría y ahogaría en el piélago de luz beatífica de una mirada suya los mil ensueños de ambición y de gloria?

»Desde que ví á Costancita me estoy preguntando esto, y no atino con la respuesta. Advierto luego con vergüenza que mi pregunta equivale á esta otra, despojada ya de todo artificio retórico, en su terrible y brutal desnudez: ¿Quiero engañarme á mi mismo fingiéndome que amo ya á Costancita, cuando en realidad no amo sino su dinero? ¿Qué hipocresía absurda pretendo emplear hasta conmigo? ¿Por qué vine aquí? ¿Me atrajo la fama de las virtudes y de la hermosura de mi prima, ó acudí al olor del dote? Si soy un Coburgo lugareño ¿para qué presumir de fino enamorado y de romántico adorador de la señora de mis pensamientos?

»Para que responda á estas preguntas, para que confiese su crimen, hace dos días, desde que ví á Costancita doy á mi alma todo género de tormentos. Soy un feroz inquisidor de mi alma, y el alma no contesta claro. ¡Es singular! En Villabermeja, y durante el viaje de Villabermeja á esta ciudad, acepté é hice sin repugnancia el papel de Coburgo, y ahora me repugna el papel y quiero cohonestar mi conducta, fingiéndome enamorado. ¿Será mi orgullo que se despierta al ver lo burlona que es mi prima? ¿O la misma vergüenza de ser un aspirante á su dote provendrá de que ya la amo?

»En fin, yo ando muy confuso, y no atino á explicarme estas cosas.