»Tal vez, como yo he vivido casi siempre en Villabermeja, donde lo más distinguido que hay en punto á mujeres son las Civiles, y como en las cortas temporadas de Granada he hecho siempre vida estudiantil, jugando al monte, y siendo las damas más encopetadas con quienes he tratado alguna bailarina ó alguna pupila, me he dejado deslumbrar por Costancita. Quizás, viniendo en busca de dinero, hallé amor, pues más bien halla amor quien le siente que quien le inspira.
»De cualquier modo que sea, presiento en este asunto algo más serio de lo que pensábamos.»
VII.
PRELIMINARES DE AMOR
Hay en mi mente mil razones que la inclinan á no proseguir la narración de esta historia. Sólo el compromiso que contraje al empezar su publicación me lleva ahora á continuarla.
El protagonista me desagrada cada vez más. En sus calidades intrínsecas hay poco ó nada que le haga interesante, y, sobre todo, su posición de señorito pobre es antipoética hasta lo sumo. ¿Qué lance verdaderamente novelesco puede ocurrir á un señorito pobre? Un buen héroe de novela sin dinero no es concebible sino entre salvajes, en países remotos, en edades antiguas, en medio de civilizaciones bárbaras ó en lucha abierta con nuestra civilización y foragido de ella, donde sean, de acuerdo con la sentencia del ingenioso hidalgo, sus fueros, sus bríos; sus pragmáticas, su voluntad. Pero protegido á par que reprimido por un juez, por un alcalde y hasta por un guardia civil, con cédula de vecindad ó con pasaporte, sujeto á multitud de reglas, encomendada la defensa propia á gente asalariada por la comunidad, lleno de temor de faltar, no ya á un precepto de ley, no ya á un reglamento de policía urbana, sino á lo que llaman conveniencias, ¿qué se ha de esperar que dé de sí un señorito pobre, digno de la más sencilla y pedestre novela? De no romper con la sociedad haciéndose mendigo ó bandolero, importa sobreponerse á ella, lo cual no se consigue sin ser un Abul-Casen ó un Montecristo.
Nada de esto era nuestro pobre Doctor, y yo no he de apartarme un ápice de la verdad, suponiendo lo que no era. Suplico, pues, á mis lectores que me disculpen si caigo y hasta me arrastro y revuelco en el más prosaico realismo.