A fuerzas de trabajo y de súplicas, habían logrado Doña Ana y el Doctor que unos marchantes bermejinos les compraran dos tinajas del vino superior que tenían, de la flor y nata de la cosecha, pagándolas al contado, caso raro por allí, y á diez reales la arroba. El producto líquido de esta venta, deduciendo mermas, botas de regalo á los marchantes y gajes y propina del corredor, se elevaba á la cantidad de mil nuevecientos reales. Los marchantes entregaron religiosamente dicha suma en monedas de todas clases, siendo más de mil reales en calderilla. Según el uso del país, cada cien reales, ó sea cada ochocientos cincuenta cuartos, venían metidos en una esportilla de palma de escoba, cosida con guita ó con tomiza. Como la esportilla no se ha de dar de balde, en cada esportilla se cuentan sólo ochocientos cuarenta y ocho cuartos, restados dos por el valor de la esportilla. Verdad es que la esportilla es siempre útil, pues cuando no sirve para llevar cuartos, sirve para llevar aceitunas, con lo cual se saca la ventaja de que los cuartos vengan á menudo bañados en el caldo y aliño de las aceitunas, y las aceitunas adquieran cierto sabor y olor á la mugre de los cuartos. Por lo demás, lo mismo debieran valer mil reales en cuartos, metidos en esportillas, que mil reales en oro. El Doctor, sin embargo, no quiso emprender la conquista de su prima Doña Costanza con aquel numerario tan voluminoso y mugriento. Su transporte, en la forma en que estaba, casi hubiera requerido otro mulo más sobre los tres, ó mejor dicho en pos de los tres del equipaje y de los presentes. El Doctor tuvo, pues, la precaución de acudir á la vieja tendera, que le quería bien, á pesar de la mala pasada que hicieron los podencos comiéndose el reparo de bizcochos con vino y canela; y la tendera, rica y generosa, le hizo el insigne favor de cambiarle los mil y nuevecientos reales en dobloncillos de dos y cuatro duros. Con este oro se habían pagado ya las costas de la posada durante el viaje.
A los cuatro días de vivir el Doctor en casa de Doña Araceli, un señor Marqués de Guadalbarbo, que había venido como él á la feria, le llevó al Casino, le indujo á jugar al monte, le excitó é echar tres ó cuatro vaquitas, que todas berrearon, y los mil nuevecientos reales se vieron reducidos á poco más de mil.
Temeroso el Doctor de encontrarse sin blanca, hizo promesa solemne de no volver al Casino, para no caer en la tentación de jugar al monte.
Era menester que los mil reales que le quedaban alcanzasen para el tiempo que había de estar en el pueblo de su prima, para gratificar á los criados al partir, y para los gastos del regreso á la patria.
La íntima contemplación de esta miseria propia aumentaba la timidez, la melancolía y el encogimiento del Doctor en todas partes. Se avenía tan mal el don con el tiruleque, disonaba tanto lo de Alcaide perpetuo y demás blasones con aquella escasez absurda de metales preciosos, que D. Faustino se sentía acobardado, postrado, abatidísimo, como si le hubieran dado cañazo.
Llegaron los días de la feria: hubo toros; hubo mucho turrón y mucho garbanzo tostado; en fin, cuanto hay en todas las ferias. D. Faustino fué á los toros, convidado por su tío; paseó por el campo de la feria, caballero en su jaca y vestido de majo; hizo como quien se divierte, pero se divirtió menos que en un entierro.
Las indefinibles miradas entre él y Costancita continuaban como desde el principio. Por la noche, cuando no había velada en las calles ó en el paseo público, había tertulia en casa de D. Alonso. Así se pasó una semana, y así llegó el último día de la feria, pero los amores de D. Faustino y de Doña Costanza estaban menos adelantados que en el primer día en que ambos primos se vieron.
Si el Doctor hubiera hallado á Doña Costanza por acaso, sin previo aviso y concierto de que venía á vistas para casarse con ella, el Doctor le hubiera declarado sin rebozo sus más atrevidos pensamientos. Pero ¿qué es decir á Doña Costanza? Al lucero del alba, á la propia Diana, á la propia Vesta, los hubiera declarado el Doctor. Su proceder tímido no nacía de natural timidez, sino de orgullo. Él, al menos, así lo imaginaba. Allá en su rica fantasía segaba á montones cuantas flores brotan en las faldas del Helicón y del Parnaso, lozanas y olorosas por el fecundo riego de las fuentes Hipocrene y Castalia, y con estas flores adornaba y cubría su declaración de amor á Doña Costanza; pero no bien apartaba de nuevo las flores y quedaba la declaración escueta, el Doctor no veía sino esta fórmula prosáica: «Tráeme los tres ó cuatro mil duros de renta, que me hacen mucha falta. Yo, en cambio, no tengo sino amor.» Cada vez que á solas en su cuarto, durante el silencio de la noche, el Doctor se repetía las mencionadas frases, se le saltaban las lágrimas de dolor y de rabia. Cada vez, sin embargo, se le figuraba que amaba más á su prima. Por momentos creía sentir por ella verdadero amor; pero los mil reales en que tenía que mirarse para que no se gastaran, su pobreza bermejina, en suma, que hasta para él mismo hacía inverosímil su amor desinteresado, ¿cómo no había de hacerlo también para Costancita?
¡Cuánto lamentaba el Doctor entonces, tocando y aun pasando los límites entre la razón y la locura, no haber nacido en Oriente y ser corsario ó klepta y giaour, como un héroe de Byron, ó no haber nacido en humilde cuna para ser bandolero como José María, ó no haber nacido en el siglo XI ó XII para conquistar á cuchilladas y lanzadas, no ya dinero, sino un imperio, y dárselo luego á Costancita en pago de su corazón!
Doña Araceli, que, por amor á su amiga y prima Doña Ana, había preparado el asunto del noviazgo, aficionada después al sobrino Doctor, se dolía de que las cosas marchasen con tanta frialdad y lentitud. No quería ó no se atrevía, con todo, á decir nada á D. Faustino. Juzgaba más conveniente dejar á los presuntos novios en completa libertad para que todo dependiese de su iniciativa.