El Doctor había dado un bufido á Respetilla siempre que éste, á las horas de irse á acostar su amo, que era cuando más á solas le veía, había empezado á hablarle del noviazgo. El Doctor, pues, respecto á sus amores con Doña Costanza, estaba reducido á un soliloquio perpetuo. Respetilla, con todo, no pudo resistir más la gana de hablar, y una noche le dijo:
—Señorito, hoy hace ocho días que estamos aquí.
—Bueno, ¿y qué? Estaremos otros cuatro ó cinco más, y nos volveremos á Villabermeja,—contestó el Doctor.
—Pues si aprovecha su merced los cinco días que quedan como ha aprovechado los ocho, lindo viaje hemos echado: estamos lucidos.
—¿Qué tienes tú que ver con eso? Cállate. No seas insolente.
—Señorito, yo tengo mucha ley á su merced, y aunque me dé de palos he de hablar y he de meterme en camisón de once varas y he de decir lo que conviene.
—Respetilla, Respetilla, cuidados ajenos matan al asno.
—Yo no niego que soy un asno, señorito; pero niego que los cuidados de su merced sean para mí cuidados ajenos: los cuidados de su merced son para mí más que propios.
—¡No eres tú pillo, ni nada, Respetilla! Vamos, dí lo que se te antoje. Te doy completa libertad por esta noche.
—Pues, señorito, lo primero que digo es que fray Modesto nunca fué guardián. Su merced anda muy encogido y cobarde, y de cobardes no hay nada escrito. Yo sé, de buena tinta, que mi señora Doña Costanza tiene más gana de que su merced le diga algo de amores que un gitano de hurtar un borrico. Está frita y refrita por esos pedazos; pero, ya se ve, como su merced se calla, Doña Costanza no ha de hacer lo que hizo la dama del romance con su camarero Gerineldos.