—¿Y cómo sabes tú esas cosas? ¿Cuál es esa buena tinta de que la sabes?
—La buena tinta es una morena más retrechera que el reló de Pamplona, que apunta, pero no da, y me tiene achicharrado hace días.
—Me dejas en la misma duda. ¿Quién en esa retrechera?
—¿Quién ha de ser?... Manolilla.
—¿Y quién es Manolilla?
—Señorito, perdone su merced: ¿tengo yo la culpa de que á su merced se le vaya el santo al cielo, y esté casi siempre trasponido y á obscuras, y no vea ni entienda, y con tanto entendimiento y con tanto libraco como ha leído, viva en Belén, como quien dice?
—Pues, hombre, no faltaba más sino que para no vivir en Belén y para tener una idea exacta y completa de las cosas creadas y de lo que más importa fuera necesario que yo supiese quién es Manolilla.
—Pues aunque su merced se me enoje, le sostendré que es necesario y más que necesario. Manolilla no es una Manolilla cualquiera: es la criada favorita de Doña Costanza. Yo no me duermo en las pajas, y aunque no he venido á vistas, cómo la he hallado vacante, la he dicho: aquí me tienes, cuerpo bueno; y como la moza no es ninguna fiera, habla conmigo algunas noches por una de las rejas del jardín.
—¿Y qué te ha dicho de su señora? ¿Sabe ella lo que su señora piensa de mí?
—Dice que la señorita dice que su merced tiene mucho talento y sabe más que Lepe y Lepijo del cielo y de los espacios imaginarios; pero que su merced parece á veces un tío lila, y que le está dando un camelo con no declararse.