—¿Eso dice?

—No digo yo, ni dice Manolilla, que ella lo diga con las mismas palabras; pero así, por estilo burdo, no atinamos nosotros á exponer de otra suerte el sentido de lo que dice.

—Está bien. ¿Cuándo hablarás tú con Manolilla?

—Esta noche á la una. En cuanto su ama se acueste, saldrá á la ventana Manolilla á pelar la pava conmigo.

—¿Podrás llevar una carta mía para Doña Costanza?

—¿Y por qué no? Escríbala en seguida su merced.

D. Faustino se puso al momento á escribir la carta; y una vez escrita, se la entregó al criado, que se fué á ver á Manolilla.

El Doctor no pudo pegar los ojos en toda la noche, pensando en el efecto que la carta produciría y lleno de zozobra de hacer reir á Doña Costanza.

Lo primero que hizo el Doctor, cuando Respetilla entró en su cuarto á la mañana siguiente para limpiarle la ropa, fué preguntarle si había entregado la carta.

—Manolilla quedó anoche en entregársela á su ama en cuanto su ama se despertase. A estas horas ya la habrá leído treinta veces la señorita, y se la sabrá de memoria,—contestó Respetilla.