—¿Crees tú que habrá contestación?
¿Y cómo dudarlo? Tan cierta tenga yo la gloria. Esta noche espero que Manolilla me traerá la contestación, y yo vendré en seguida á dársela á su merced.
Mientras pasaban estas cosas entre el Doctor y Respetilla, Doña Araceli, harta ya de ver que sus planes no tenían resultado ninguno, se decidió á romper el silencio y á tener una explicación con su sobrina. Con pretexto de ir á misa, salió de su casa muy temprano y se fué á ver á Doña Costanza, que estaba en cama aún, pero ya despierta. Don Alonso había ido al campo á caballo, de lo que se alegró Doña Araceli, que no quería que la sospechasen ni acusasen de favorecer demasiado aquellos amores.
Doña Araceli había amado muchísimo, aunque sin fruto y con desgracia; y como la mayor parte de las mujeres que amaron mucho de mozas, se deleitaba, cuando ya era vieja, en que la gente joven se amase, y hasta aceptaba y hacía el tercer papel, con la misma vehemencia y ternura con que en su juventud había hecho el primero.
Una de las mayores rudezas y crueldades de la opinión vulgar es, en mi sentir, dar un nombre feo, malsonante y de vilipendio, tanto que no me atrevo á estamparle aquí, á las mujeres ya viejas que conciertan voluntades. Cuando esto se hace con buen fin y sin interés, es el grado más sublime á que puede elevarse el amor en lo humano; es la manifestación gloriosa del amor, limpio ya de egoísmo; es el amor del amor, sin atender al propio bien ni al logro del propio deseo. No hay obra de misericordia que no se resuma y cifre en el ejercicio de esta virtud archi-amorosa, tan de nigrada y escarnecida. La que ejerce esta virtud cura al enfermo, redime al cautivo, da de beber al sediento, enseña al que no sabe, busca posada para el peregrino, y viste la desnudez de un alma con todas las galas y joyas del amor bien pagado. Sólo mujeres tiernas y excelentes, como Doña Araceli, son capaces de esta virtud. Hay, además, en esta virtud mucho de semejanza al estro poético, á la inspiración, al prurito nobilísimo de producir lo bello, de crear una obra de arte. ¿Qué obra de arte más bella que unos amores, que el concierto y armonía de dos voluntades, que la confusión y compenetración de dos almas en una sola?
Movida, pues, de tan altos y benditos sentimientos, entró Doña Araceli en la alcoba de su sobrina. Suave fragancia transcendía por toda ella. No eran aromas alambicados por Atkinson, Violet ó Lubin. Apenas si había más que jabón y agua fresca en aquel tocador. Así es que, si no disgustase ya el empleo de la mitología, podría decirse que prestaban á Doña Costanza tan delicado aroma la ninfa de la fuente de su jardín é Higia y Hebe, diosas de la salud y de la juventud.
Había en la alcoba una ventana que daba al jardín. Al través de los cristales entraban por ella algunos rayos de sol, que parecían filtrarse por entre el tupido ramaje de la madreselva y los jazmines que velaban la ventana. Un canario, cuya jaula pendía del techo de la alcoba, cantaba de vez en cuando. Y en el lado opuesto al de la cama se veía un altarito, con dos velas encendidas; y sobre el altarito, una Purísima Concepción de talla, bastante bonita.
Doña Costanza no usaba papalina, cofia, ni redecilla para recogerse el pelo durante la noche; de suerte que el pelo, libre y desatado, mostraba entonces toda su abundancia y hermosura. No exigían tampoco ni el uso ni aquel clima benigno otra vestidura para dormir, que la holanda venturosa que inmediatamente tocaba el lindo cuerpo de Doña Costanza, plegándose y ajustándose un tanto á la garganta, merced á una cinta de seda azul celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana y una colcha ligera cubrían á la joven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte, que revelaban sus graciosas, elegantes y juveniles formas.
Doña Araceli, que además del cariño de tía tenía lo que llamaba Dante entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver á su sobrina; y después de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la besó, diciendo:
—¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios te bendiga! ¡Vamos, si pareces una Magdalena sin penitencia y sin pecado!