—Tiita, no se burle de mí con lisonjas. Mire V. que no soy presumida.
—¡Qué me he de burlar, hija mía! ¡Qué me he de burlar! ¿Dónde se ha visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios, que quiso lucirse y echar el resto en tu persona! Así, en estos momentos, es cuando hay que ver á las mujeres para juzgar sobre su mérito: despeinadas, sin afeites, sin cascarilla ni arrebol, como el Señor las ha criado.
—¿Qué la trae á V. por aquí tan de mañana, tía?
—Pero, muchacha, ¡qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas! ¡Si pareces una rosa!—interrumpió Doña Araceli.
Costancita, en efecto, se había puesto más colorada que de costumbre, cuando su tía entró de improviso, y había ocultado rápidamente debajo de la almohada la carta del Doctor, que Manolilla le había dado y que ella acababa de leer.
—¿Qué quiere V., tiita? V. misma lo ha explicado todo. Sin penitencia y sin pecado, ¿cómo no he de tener buenos colores?
—Dí también que sin amor y sin desvelos. Eso es lo que no me explico, hija Costanza. Tus ojos son engañosos. ¿De dónde procede el fuego seductor que los anima? ¿De aquí, de este corazoncito? Pero, ¿cómo ha de proceder, si este corazoncito está helado?
—¡Helado! ¿Y de dónde infiere V. eso? Al contrario, tía. Sepa V. que mi corazón está lleno de amor.
—¿Para quién, hija?
—Hasta ahora, tía, para nadie. Pero, ¿dejará de arder el amor y de morar en mi alma y de ocuparla toda, aunque no tenga objeto en quien se emplee?